sábado, 11 de noviembre de 2017

William Heyen, Hasta que estén contados los muertos, o condenados



DESPUÉS DE UNA GUERRA

I

Nuestros generales se aclaran la garganta: bombardearemos
el monzón mismo, o los campos

nunca se agostarán; los arrozales, aunque espesos
de excremento, pescado muerto, nunca devolverán

todos los cuerpos que hemos reclamado.
Quemaremos la tierra hasta hacer de ella un desierto.


II

Principios de abril. Se levantan vientos
en el sudeste, remolinean. Rachas de lluvia

dispersan las vainas de arroz. En aguas
donde los muertos yacen camuflados

e inmóviles, abril empieza en sílabas acuosas. Los ojos,
las lenguas de los muertos se disuelven en las cuencas de sus cráneos.


III

Sí, juntemos los restos:
del oeste, un hueso de muñeca para tocar un tambor;

del sur, unas costillas destempladas por un arado;
del este, los afinados dientes de una mandíbula tañida

como en una caja de música por bueyes que van y vienen;
del norte, el curvo arco de un fémur.


IV

Después de una guerra que nadie podría ganar, vayamos,
honremos a los muertos asiáticos que exhumamos.

Permanezcamos de pie, inclinadas las cabezas, solemnes,
frente a un monumento de piedra envuelto en una bandera.

Oigamos su música áspera, discorde,
hasta que estén contados los muertos, o condenados.



Desde ayer viernes el presidente norteamericano Donald Trump está descansado y con sus "espolones" sanos en Vietnam. Las cicatrices y millones de muertos no descansan. 

En revista Sur, nº 322-323, enero-abril de 1970. Joven literatura norteamericana. Traducción: Enrique Pezzoni.

William Helmuth Heyen (Brooklyn, Nueva York, EEUU, 1 de noviembre de 1940). Fotos: Jmp

viernes, 10 de noviembre de 2017

Daniel Viola, Las viejas fotos insisten en mirar hacia el olvido




La hoja silenciosamente se aleja
del árbol y gira en su caída.

La tierra sabe de ese peso.
Siempre ha sido ella.

Otras formas de esperarse, de
acariciarse y combinar los días.

Tal vez secretamente de olvido.



La muerte goza cuando su labor es lógica.

Ella sabe del placer de acaparar la suma de hechos,
memorias, recuerdos, equívocos,
de logros y fracasos.
Los acuna, y ellos entregan la nana que
a la muerte aquieta.
Los sembrará luego en algún lugar de su pueblo.
Deben brotar y retornar para que
exista la historia.

Cuando el hombre llega a su encuentro
vacío de recuerdos, sin ansia de perdón o premio,
olvidado el miedo, la esperanza,
en logro de carencia de palabras,
la muerte advierte su profundo silencio.
Exhala solo aliento.
Vedada de matar, no puede generar lenguaje que
mengüe esas heridas que el caos le produce.



Retornan los otros. Los que
traen aquella imagen, esa palabra.
Haber acumulado faltante de instantes.
Un tiempo de nadas.
La tarde que fue ausencia sigue
presente aún en la espera.
La ecuación encierra a quien devora y es devorado.
Atreverse a pasar de miembro.
A no ser igual, ni equivalente.

Qué días serán los que se irán conmigo.
Serán cenizas.
Hubo todo un pueblo de días en memoria;
se fue desvaneciendo junto al destino.

Las viejas fotos insisten en mirar hacia el olvido.



En El nacimiento de los ecos, El Suri Porfiado, 2017.

Daniel Viola (Buenos Aires, 1958). Selección de textos y foto: Jmp

jueves, 9 de noviembre de 2017

Vicente Muleiro, Yo tenía un poema y te me fuiste



CLAVES

El aire se reordena
en los tibios confines de su papel.

Sabios gatos memoran
su condición felina

y por las noches, dios
                   baja sobre su pelo
                                      y se interroga.


TRENES

Trenes que salen de ningún lugar
trenes que llegan a ninguna parte.

No atraviesan la bruma
ni levantan el polvo
ni murmuran su paso por las noches.

Como la vida, trenes.

Sin embargo, en silencio
alguien le dice adiós a ciertos rostros
desdibujados en las ventanillas.


INSTANTÁNEA PARA DESARROLLAR
EN UN POEMA

La mujer embarazada toma sol
y el inminente padre recoge caracoles
para el que va a nacer
y en tanto los elige se pregunta
si esas maravillas que el mar trae
serán gozo del hijo el día de mañana.


EL MARATONISTA

Correr correr y levantar los brazos
mientras brama el estadio ¿O en el último tramo
abandonar la pista
para reflexionar bajo los sauces
su estética inclinada?

(cuando cruzás la meta ya es de noche
se han retirado el público y los medios).

Se te veía venir a esa derrota:
el que corre desnudo
le teme a la llegada.


MILONGA DE JORGE LUIS

El bastón que lo precede va buscando una
palabra
viene del sur y va al sur
silabeando la tiniebla
busca
la palabra parda, la no dicha
de bambú
aquel balbuceo nonato
la pura que se hizo agua.

Cuando está escrita es la muerte
si no está escrita es la nada.


9

Esas piernas de pollo nadador anciano
hacia la isla de enfrente.

La prosódica reaparición de su cabeza calva
con proa hacia otra costa
embarca la mañana en un destino.


CAÍAN

Que caían entonces en la anónima
tristeza de existir
y poco se entendía
                              tanto desentenderse
horas crucificadas debajo de la almohada
la nada en contraorgasmo
en virus colorido de la televisión

al levantarse
sacudíanse como patos
a la vera del mundo
y un solo haz de luz
era rellana luz.


POEMA EN FUGA

Yo tenía un poema
y te me fuiste.

Eras la niebla que podía enlazar
la última ola eras
antes de que el Atlántico retrocediera
de África.

Te agarrado tenía
del pezón que ya estaba por lamer
brillabas en mi red como un puñal nonato

pero pedís palabras
siempre me pedís otra
y te me vas.



En El maratonista (Antología personal, 1978 – 2016), Ediciones en Danza, 2016. “Claves” de Para alguien en el mundo estamos lejos (1978); “Trenes” de Boleros (1982); “Instantánea para desarrollar un poema” de Pimienta negra (1990); “El maratonista” de El árbol de los huérfanos (2000); “Milonga de Jorge Luis” de Milongas de modo tal (2003); “9” de Ondulaciones (2009); “Caían” de Los goliardos (2012); y “Poema en fuga” de Inéditos. Selección de textos: Jmp
Vicente Muleiro (Buenos Aires, 1951). Foto: Jmp

martes, 7 de noviembre de 2017

Leopoldo Castilla, El azar no descansa



LA IDEA DE DIOS

Se dijo que el hombre crea dioses
que inventan la totalidad
que inventa al hombre.

Si fuera por Dios
estaría fuera de ese círculo,
porque él es sólo el impulso de la materia
por retornar
de su propia, inalcanzable, lejanía.

Y es esa memoria
                             no Dios
                                   la que trasciende.

¿Cómo hallar un lugar para su reino,
si hay en el caos
                             un solo sitio fijo
y lo ocupa
el parto
            sin madre
                   de la muerte?

Con el nombre de Dios
peregrina la energía. En el camino
ese cúmulo atómico
fue bienhechor, verdugo,
fue muchos y fue nadie.

No tiene otra entidad que ese pasaje.

Lo intuyen imponente.

Y esa magnitud
                             no es más que la inmensidad del viaje.


NEUTRINOS

Nos atraviesan.
No los detiene
la ofuscación del astro
ni los varía
la lenta insolencia del cometa.

Una lluvia interminable
en los predios
                      sin edad
                              del espacio
que contiene estos sistemas
que no están donde creen
pues todo ocurre en un tiempo perdido.

Hilo por hilo unen
la materia
                al vacío.
Y en esa trama eres otra línea de fuga.

Los neutrinos te sostienen aquí,
latente.
            Sólo un momento.

Para que el mundo pueda construirse
lo que existe
                    no debe saber que ya se ha ido.


ALMA

Qué puede hacer la ciencia
con esta neblina del más allá
que vive acorralada,
                                 condolida.

Con esta lejanía
volando en una paloma
que no es una paloma
sino una carta secreta
que extravió la muerte.

Hasta el universo ignora de dónde vino.
Anda por ahí
                    pródiga y mendiga
llamando a su bandada.

Es tanto
              siendo nada.
Apenas unos pocos gramos
que solo pueden pesarse
cuando faltan.

Un día, callada, te abandona.

Y eres
         una palabra sola
                                     dentro de la carta.


LUNA

Esta isla eligió el aire.

Se llevó el camposanto del agua
por eso no tiene sombra el mar
se robó la niñez de las cordilleras
y un ojo de la noche.

Tan joven
                 envejece.

Siempre en el último día.
Viaja
      en un espacio antiguo.
Ovula en las mujeres
delicados finales que caen
de los insomnes
claroscuros de la muerte.

Tanto adiós
                    dejando.

Al partir
se detiene
en una hora ensimismada.

Entonces,
igual que una vieja actriz
se inmola en su propia luz
como una orquídea

               y cambia la calavera.


MUNDOS PARALELOS

En los mundos paralelos
el mismo acto,
con iguales protagonistas,
modifica los hechos,
cambia el final,
trastorna el argumento.

No hay un único destino,
cada opción se cumple
(esa lección está en los sueños).

Si en la suma de todas las combinaciones
está el propio abolido,
la eternidad, entonces, no tendría extensión
y podría permanecer
en una inminencia absoluta
el universo.

Él busca esa potestad.
Y apuesta.

Pero el azar no descansa.

Si el Todo para cada designio crea un mundo
el azar
para cada mundo
                            crea un espejismo.


“Lo más lindo de la poesía es la amistad de los poetas, los poetas tienen que beber juntos, los jóvenes y los viejos. La poesía es un pan para que lo comamos todos, es un regalo”. LC
En Poesón (al universo), El Suri Porfiado, 2016.

Leopoldo Castilla (Salta, 1947). Foto: Jmp

domingo, 5 de noviembre de 2017

Tess Gallagher, A la luz amarillenta de la cocina


BAJO LAS ESTRELLAS

El sueño de esta noche se ahonda
porque he caminado sin abrigo desde casa
llevando el sobre blanco.
Toda la noche este dirá un nombre
en su pequeña casa de hojalata junto al camino.

He izado la bandera de metal
para que su sombra bajo el farol
deje una huella en las ramas pesadas de lluvia.
Ahora caminaré de regreso
pensando en las pocas luces aún encendidas
en el pueblo, a una milla de distancia.

A la luz amarillenta de la cocina
el obrero ha terminado su café,
su mujer ha extendido las blancas rodajas de pan
sobre el mostrador. Ahora, mientras el lecho que dejaron
todavía esté tibio, pensaré en ti, en ti
que estás tan lejos
que has hecho que mire las estrellas.

Esta noche no se han movido
de mi infancia, de aquellos juegos
después de que oscureciese.
De nuevo camino por la hierba mojada
hacia las voces rutilantes. De nuevo soy
la descubierta, íntima, devuelta
por todo lo que toco en el camino.


Gracias al poeta Jonio González, por él tenemos conocimiento de este poema.
En Nuevas voces de Norteamérica, Plaza y Janés, Barcelona, 1981. Traducción de Claribel Alegría y D. J. Flakoll.
Tess Gallagher (Port Angeles, Washington, EEUU, 21 de julio de 1943). Foto: Marion Ettlinger. Tess Gallagher y Raymond Carver. 

martes, 31 de octubre de 2017

Julio Llinás, Poema inédito



CLAVES

Es el celo del viento
la hora de la fiera

Es el aullido blanco
el dios decapitado

Es la fiebre de las bestias
la piel de la moneda

Y en las colinas donde el hambre es roja
donde el amor monta una yegua enana
donde la gracia se desploma
el habitante devorado
el dueño del horror
forja sus jóvenes armas

Pequeñas claves de la aurora



Poema inédito de Julio Llinás. Gracias Verónica Llinás.

Julio Llinás (Buenos Aires, 1929). Foto: Jmp

lunes, 30 de octubre de 2017

Ezequiel Martínez Estrada, La de siempre, la desconocida



ALGUNAS COPLAS DE CIEGO

I
Qué maravillas sencillas
de amor y de inteligencia
las flores y las semillas.


II
Si sigues tan distraído
vas a llegar a la muerte
sin saber que estás dormido.


VI
Dijo lao Tsé a un iniciado
que anduvo leguas por verlo:
Si me buscas, me has hallado.


XIV
Siempre igual la historia:
La noria y la noche,
la noche y la noria.

XVII
¡Cuántos siglos y qué fina
sabiduría ha empleado
para formarse, la espina.


XXIV
Se acostumbró a la lectura
como antaño los guerreros
a vivir con la armadura.


XXIX
Dijo el gusano a la rosa:
Anoche soñé que estabas
por volverte mariposa.


XXX
Se querían tanto
que daba tristeza
mirarlos.


XXXVII
Ningún maestro de escuela
podrá explicarte jamás
el olor de la canela.


XLIX
Después de resucitar
a una niña recién muerta,
fue a caminar y a llorar
por una calle desierta.


LI
Lo que no puedo expresar
por recóndito y profundo
me es muy fácil de cantar.


LVI
Tengo una pena muy grande;
cuando la quiero escribir
se me hace tinta la sangre.


LXIII
Se despertó de repente
y se asombró al encontrarse
viviendo, sencillamente.


LXXXIX
Van de la mano;
él por la montaña,
ella por el llano.


CII

Te miro dormida;
eres la de siempre,
la desconocida.



En recorte diario Tiempo Argentino, Suplemento Cultura, domingo 28 de agosto de 2011
De: Coplas de ciego. Edición completa, Universidad Nacional del Sur, Bahía Blanca, 2011.
Ezequiel Martínez Estrada (San José de la Esquina, Santa Fe, Argentina, 14 de septiembre de 1895 – Bahía Blanca, 4 de noviembre de 1964). Foto: Jmp


“(…) Coplas de ciego consta de 156 poemas brevísimos, de dos, tres o cuatro versos, pero que, como señala Burgos en el estudio preliminar, “la mayoría no son coplas. Mayoritariamente se trata de tréboles que, como el nombre indica, los conforman tres versos octosílabos que riman el 1º con el 3º, quedando suelto el 2º”. Las “coplas de ciego” se identifican con “las coplas de los ciegos ambulantes que, todavía a principios de la década de 1950, trajinaban los caminos de las aldeas y pueblos de España –explica Burgos–, desgranando historias pasionales y truculentas, con voces plañideras y el acompañamiento de algún instrumento basto y desafinado, guiados por un lazarillo que vendía las coplas impresas que ellos cantaban”. El resultado es una lírica sublime, a mitad de camino entre el carácter narrativo del minicuento, la poesía cerebral del aforismo, la potencia imaginaria del haiku y el contenido sapiencial de la sentencia. Todo ello en el ápice de la sencillez, en un cruce sorprendente de lo mínimo y lo grandioso, de lo leve y lo hondo. Estos versos se emparentan, además, con los aforismos de Voces de Antonio Porchia, a quien Martínez Estrada dedicó la primera edición de sus Coplas de ciego. (…)” Jorge Dubatti

domingo, 29 de octubre de 2017

Raymond Carver, Es agosto y no he leído un libro en seis meses



BEBIENDO EN EL COCHE

Es agosto y no he
leído un libro en seis meses
salvo una cosa titulada La retirada de Moscú
de Caulaincourt.
Sin embargo, soy feliz
cuando voy en coche con mi hermano
bebiendo en jarra una cerveza Old Crow.
No vamos a ningún sitio,
solo manejamos.
Si cerrara los ojos durante un minuto
no sabría dónde estoy
y me tumbaría encantado a dormir para siempre
a la orilla de la ruta.
Pero mi hermano me da un suave codazo.
Ahora, en algún momento, algo va a pasar.


 
Digamos que no soy poeta de nacimiento. He escrito poemas porque no siempre he tenido tiempo para escribir un relato, mi primera opción. Por eso muchos de mis poemas tienen una marcada tendencia narrativa. Me gustan los poemas que me dicen algo la primera vez que los leo. También me gustan algunos, o al menos reconozco su valor, que necesito leer dos, tres o cuatro veces para ver cómo y por qué funcionan. En todos mis poemas busco una atmósfera concreta. Uso constantemente el pronombre personal, aunque la mayoría son completamente inventados. Sin embargo, muchas veces los poemas tienen una base real, como es el caso de “Bebien­do en el coche”. El poema está escrito hace un par de años. Creo que posee cierta tensión y quiero creer que logra expresar el sen­tido de pérdida y leve desesperación que atenaza a quien vive peligrosamente sin ocupación alguna, como le ocurre a quien se expresa en él. Cenando lo escribí, tenía un trabajo de ocho a cinco y una posición más o menos decente como empleado de oficina. Pero, como pasa siempre con este tipo de trabajos, no tenía mucho tiempo para andar por ahí. Ade­más, tampoco estaba leyendo ni escribiendo. Es una exagera­ción decir no había leído un libro en seis meses, pero me parece que no andaba muy lejos de la verdad. El poema se me había ocurrido mientras leía Retrato de Moscú, de Caulaincourt, uno de los generales de Napoleón. Aquellos días, me fui con mi hermano una o dos veces a dar una vuelta en su coche por la noche, un poco a la deriva, allí encerrados bebiendo una botella de Old Crow. De este modo, con estos vagos recuerdos y mi propia sensación de frustración, me senté a escribir el poema. Todo se juntó ahí. Realmente no puedo decir mucho más del poema o de su proceso de escritura. No sé si será bueno, pero puede que tenga algún mérito. Te aseguro que es uno de mis favoritos.
 Nota aparecida en New Voices in American Poetry, ed. de David Alian Evans; Cambridge, Mass., 1973.


En recorte diario El Día, La Plata, Literarias, domingo 24 de septiembre de 2006. De: Todos nosotros, antología de poemas, 2006.

Raymond Carver (EEUU, 25 de mayo de 1938 – 2 de agosto de 1988). Foto: Jmp.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Juan Carlos Onetti, Acerca de Roberto Arlt


ROBERTO ARLT

     Quiero aclarar desde el principio que estas páginas se escriben, misteriosamente, porque el editor y el autor estuvieron de acuerdo respecto a su tono. Yo no podría prologar esta novela de Arlt haciendo juicios literarios, sino sociológicos; tampoco podría caer en sentimentalismos fáciles sobre, por ejemplo, el gran escritor prematuramente desaparecido. No podría hacerlo por gustos e incapacidades personales; pero, sobre todo, imagino y sé la gran carcajada que le provocaría a Roberto Arlt cualquier cosa de ese tipo. Oigo su risa desfachatada, repetida en los últimos años por culpa de exégetas y neodescubridores.
     Por ese motivo no releí a Roberto Arlt, aunque que esta precaución es excesiva porque lo conozco de memoria, tantos persistentes años pasados. Tampoco quise mirar lo que se publicó sobre él y tengo en mi biblioteca. Supuse más adecuado un encuentro cara a cara, sin mentir ni tolerarle trampas. Creo que es una forma indudable de la amistad, si es que Roberto Arlt tuvo jamás un amigo. Estaba en otra cosa. En consecuencia, quiero pedir perdón por fechas equivocas, por anécdotas ignoradas, tal vez ya contadas.
     En aquel tiempo, allá por el 34, yo padecía en Montevideo una soltería o viudez en parte involuntaria. Había vuelto de mi primera excursión a Buenos Aires fracasado y pobre. Pero esto no importaba en exceso porque yo tenía veinticinco años, era austero y casto por pacto de amor, y sobre todo, porque estaba escribiendo una novela “genial” que bauticé Tiempo de abrazar y que nunca llegó a publicarse, tal vez por mala, acaso, simplemente, porque la perdí en alguna mudanza
     Además de la novela yo tenía otras cosas, propias de la edad, entre ellas un amigo, Italo Constantini, que vivía en Buenos Aires y jugaba por entonces al Stavroguin.
     Entre el 30 y 34 yo había leído, en Buenos Aíres, las novelas de Arlt -El juguete rabioso, Los siete locos, Los lanzallamas, algunos de sus cuentos-, pero lo que daba al escritor una popularidad incomparable eran sus crónicas. “Aguafuertes porteñas”, que publicaba semanalmente en el diario El Mundo.
     Los aguafuertes aparecían, al principio, todos los martes y su éxito fue excesivo para los intereses del diario. El director, Muzzio Sáenz Peña, comprobó muy pronto que El Mundo, los martes, casi duplicaba la venta de los demás días. Entonces resolvió despistar a los lectores y publicar los “Aguafuertes” cualquier día de la semana. En busca de Arlt no hubo más remedio que comprar El Mundo todos los días, del mismo modo que se persiste en apostar al mismo número de lotería con la esperanza de acertar.
     El triunfo periodístico de los “Aguafuertes” es fácil de explicar El hombre común, el pequeño y pequeñísimo burgués de las calles de Buenos Aires, el oficinista, el dueño de un negocio raído, el enorme porcentaje de amargos y descreídos podían leer sus propios pensamientos y tristezas, sus ilusiones pálidas, adivinadas y dichas en su lenguaje de todos los días. Además, el cinismo que ellos sentían sin atreverse a confesión: y, más allá, intuían nebulosamente el talento de quien les estaba contando sus propias vidas, con una sonrisa burlona pero que podía creerse cómplice.
     Hablando de cinismo el mencionado Muzzio Sáenz Peña -a quien Arlt entregaba normalmente sus manuscritos para que corrigiera los errores ortográficos- se alarmó porque el escritor habla estado publicando crónicas en revistas de izquierda. Esta inquietud o capricho de Arlt preocupaba a la Administración del diario, temerosa de perder avisos de Ford, Shell, etcétera, encaprichada en conservarlos,
     Muzzio llamó a Arlt y le dijo, no era pregunta:
     -¿Te imaginás en qué lío me estás metiendo?
     -¿Por eso? No te preocupés que te lo arreglo mañana.
     (Jorge Luis Borges, el más importante de los escritores argentinos de la época, dijo en una entrevista reciente que Roberto Arlt pronunciaba el español con un fuerte acento germano o prusiano heredado del padre). Es cierto que el padre era austriaco y un redomado hijo de perra: pero yo creo que la prosodia arltiana era la sublimación del hablar porteño: escatimaba las eses finales y las multiplicaba en mitad de las palabras como un tributo al espíritu de equilibrio que él nunca tuvo
     Y al día siguiente, después de corregir Muzzio los errores gramaticales, las “Aguafuertes” dijeron algo parecido a esto: “Me acerqué a los problemas obreros por curiosidad. Lo único que me importaba era conseguir más material literario y más lectores”.
     La anécdota no debe escandalizar a deudos, amigos ni admiradores. El problema Arlt persona en este aspecto es fácil de comprender. Arlt era un artista (me escucha y se burla) y nada había para él más importante que su obra. Como debe ser.
     Ahora volvemos a Italo Constantini, a Tiempo de abrazar y a otra temporada en Buenos Aires. Harto de castidad, nostalgia y planes para asesinar a un dictador, busqué refugio por tres días de Semana Santa en casa de Italo (Kostia); me quedé tres años.
     Kostia es una de las personas que he conocido personalmente, hasta el límite de intimidad que él imponía, más inteligentes y sensibles en cuestión literaria. Desgraciadamente para él leyó mi novelón en dos días y al tercero me dijo desde la cama -reiterados gramos de ceniza de Player’s Medium en la solapa.
     -Esa novela es buena. Hay que publicarla. Mañana vamos a ver a Arlt.
     Entonces supe que Kostia era viejo amigo de Arlt, que había crecido con él en Flores, un barrio bonaerense, que probablemente haya participado en las aventuras primeras de El juguete rabioso.
     ¿Pero quién y cómo era Arlt? Lo imaginé como un compadrito porteño, definición que no puede ser traducida, que llevaría horas para ser explicada y tal vez sin acierto posible.
     Por ahora, en la víspera de una entrevista que me parecía inverosímil, supe que Kostia, por lo menos, conocía a muchos protagonistas de Los siete locos y Los lanzallamas. Claro que Erdosain continuaba invisible, impalpable, porque era el fantasma hecho personaje del mismo Arlt.
     Siempre en la víspera, intentaba sondear mi futuro inmediato:
     -Pero lo que yo escribo no tiene nada que ver con lo que hace Arlt. ¿Y si no le gusta? ¿Con qué derecho, vas a imponerle que lea el libro?
     -Claro que no tiene nada que ver -sonreía Kostia con dulzura. Arlt es un gran novelista. Pero odia lo que podemos llamar literatura entre comillas, Y tu librito, por lo menos, está limpio de eso. No te preocupes -vasos de vino y la solapa aceptando pacientes la misión de cenicero-; lo más probable es que te mande a la mierda.
     La entrevista en El Mundo resultó tan inolvidable como desconcertante. Arlt tenía el privilegio, tan raro en una redacción, de ocupar una oficina sin compartirla con nadie. Por lo menos en aquel momento, las cuatro de la tarde. Saludo a Kostia: -Que hacés, malandra.
     Y después de las presentaciones Kostia se dedicó a divertirse en silencio y aparte. El original de la novela quedó encima del escritorio. Roberto Arlt se adhirió a la quietud de su amigo, apenas movió la cabeza para desechar mi paquete de cigarrillos. Tendría entonces unos treinta y cinco años de edad, una cabeza bien hecha, pálida y saludable, un mechón de pelo negro duro sobre la frente, una expresión desafiante que no era deliberada, que le había sido impuesta por la infancia, y que nunca lo abandonaría.
     Me estuvo mirando, quieto, hasta colocarme en alguno de sus caprichosos casilleros personales. Comprendí que resultaría inútil, molesto, posiblemente ofensivo hablar de admiraciones y respetos a un hombre como aquél, un hombre impredecible que “siempre estaría en otra cosa”
     Por fin dijo:
     -Assi que usted esscribió una novela y Kostia dice que está bien y yo tengo que conseguirle un imprentero.
     (En aquel tiempo Buenos Aires no tenía, prácticamente, editoriales. Por desgracia. Hoy, tiene demasiadas, también por desgracia.)
     Arlt abrió el manuscrito con pereza y leyó fragmentos de páginas, salteando cinco, salteando diez. De esta manera la lectura fue muy rápida. Yo pensaba: demoré casi un año en escribirla. Sólo sentí asombro, la sensación absurda de que la escena hubiera sido planeada.
Finalmente Arlt dejó el manuscrito y se volvió al amigo que fumaba indolente sentado lejos y a su izquierda, casi ajeno.
     -Dessime vos, Kostia -preguntó-, ¿yo publiqué una novela este año?
     -Ninguna. Anunciaste. Pero no pasó nada.
     -Es por las “Aguafuertes”, que me tienen loco. Todos los días se me aparece alguno con un tema que me jura que es genial. Y todos son amigos del diario y ninguno sabe que los temas de las ‘Aguafuertes” me andan buscando por la calle, o la pensión o donde menos se imaginan. Entonces, si estás seguro que no publiqué ningún libro este año, lo que acabo de leer es la mejor novela que se escribió en Buenos Aires este año. Tenemos que publicarla.
     La amnesia fue fingida tan groseramente que mi única preocupación era desaparecer.
     -Te avisé -dijo Kostia.
     -Sos como yo, no te equivocás nunca con los libros. Por eso no te muestro los originales, porque no quiero andar dudando.
     Suspiró, puso la mano abierta encima del manuscrito y se acordó de mí.
     -Claro, usted piensa que lo estoy cachando y tiene ganas de putearme. Pero no es así. Vea: cuando me alcanza el dinero para comprar libros, me voy a cualquier librería de la calle Corrientes. Y no necesito hacer más que esto, hojear, para estar seguro de si una novela es buena o no. La suya es buena y ahora vamos a tomar algo para festejar y divertirnos, hablando de los colegas.
     Arlt entró al café Rivadavia y Río de Janeiro, haciendo cruz con el edificio de El Mundo. Era un hombre alto y por aquellos días jugaba a la gimnasia y la salud.
     Acaso fuera aquél el mismo cafetín donde la mujer de Erdosain espiara el perfil inmóvil y melancólico de su marido, a través de los vidrios mugrientos, hundido en el humo del tabaco y la máquina del café.
     Hablamos de muchas cosas y aquella tarde, hablaba él. Desfilaron casi todos los escritores argentinos contemporáneos y Arlt los citaba con precisión y carcajadas que resonaban extrañas en aquel café de barrio, en aquella hora apacible de la tarde.
     -Pero mirá, un tipo que es capaz de escribir en serio una frase como ésta: Y venían la frase y la risa.
Pero las burlas de ArIt no tenían relación con las previsibles y rituales de las peñas o capillas literarias. Se reía francamente, porque le parecía absurdo que en los años treinta alguien pudiera escribir o seguir escribiendo con temas y estilos que fueron potables a principios del siglo. No atacaba a nadie por envidia: estaba seguro de ser superior y distinto, de moverse en otro plano.
     Evocándolo, puedo imaginar su risa frente al pasajero boom, frente a los que siguen pagando, con esfuerzo visible, el viaje inútil y grotesco hacia un todo que siempre termina en nada. Arlt, que solo era genial cuando contaba de personas, situaciones y de la conciencia del paraíso inalcanzable.
     Un recuerdo que viene al caso, para confundir o aclarar. Alguna vez nos dijo y lo publicó. “Cuando aparece por la redacción (del diario en que trabajaba), un tipo con su manuscrito o me piden que lea un libro de un desconocido que tiene talento, nunca procedo como mis colegas. Estos se asustan y le ponen mil trabas -muy corteses, muy respetuosos y bien educados- al recién venido. Yo uso otro procedimiento. Yo me dedico a conseguirle al nuevo genio toda clase de facilidades para que publique. Nunca falla: un año o dos y el tipo no tiene ya más nada que decir. Enmudece y regresa a las cosas que fueron su vida antes de la aventura literaria.”
     Como el prólogo amenaza ser más largo que el libro cuento dos “aguafuertearitianas”
     1) Una mañana sus compañeros de trabajo lo encontraron en la redacción (era otro diario, Crítica, donde Arlt estaba encargado de la sección “Policiales”) con los pies sin zapatos sobre la mesa, llorando, los calcetines rotos. Tenía enfrente un vaso con una rosa mustia. A las preguntas, a las angustias, contestó. “¿Pero no ven la flor? ¿No se dan cuenta que se está muriendo?”
     Otra mañana estaba calzado pero semimuerto, el mechón de pelo en la cara, negándose a conversar. Acababa de ver el cuerpo de una muchacha, sirvienta, que se había tirado a la calle desde un quinto o séptimo piso. Fue mudo y grosero durante varios días. Después escribía su primera y mejor obra de teatro Trescientos millones o cifra parecida, basado en la supuesta historia de la muchacha muerta.
     2) En aquel tiempo, como ahora, yo vivía apartado de esa consecuente masturbación que se llama vida literaria. Escribía y escribo y lo demás no importa. Una noche, por casualidad pura me mezclé con Arlt y otros conocidos en un cafetín. El monstruo, antónimo de sagrado, recuerdo, no tomaba alcohol.
     Tarde, cuatro o cinco de nosotros aceptamos tomar un taxi para ir a comer. Entre nosotros iba un escritor, también dramaturgo, al que conviene bautizar Pérez Encina. En el viaje se habló, claro, de literatura. Arlt miraba en silencio las luces de la calle Cerca de nuestro destino -una calle torcida, un bodegón que se fingía italiano- Perez Encina dijo:
     -Cuando estrené La casa vendida
     Entonces Arlt resucitó de la sombra y empezó a reír y siguió riendo hasta que el taxi se detuvo y alguno pagó el viaje. Continuaba riendo apoyado en la pared del bodegón y, sospecho, todos pensamos que le había llegado un muy previsible ataque de locura. Por fin se acabó la risa y dijo calmoso y serio:

     -A vos, Pérez Encina, nadie te da patente de inteligencia. Pero sos el premio Nobel de la memoria. ¡Sos la única persona en el mundo que se acuerda de La casa vendida!
     La numerosa tribu de los maniqueos puede elegir entre las dos anécdotas. Yo creo en la sinceridad de una y otra y no doy opinión sobre la persona Roberto Arlt. Que, por otra parte, me interesa menos que sus libros.
     A esta altura pienso que hay bastantes recuerdos y es, sería, necesario hablar del libro. Pero siempre he creído, además, que a los lectores, lo único que importa de verdad -y esto es demostrable- no son niños necesitados de que los ayuden a atravesar las tinieblas para esquivar las zanjas o llegar al baño. Ellos, los lectores, son siempre los que dicen la última, definitiva palabra después de la verborragia-critica que se adhiere a las primeras ediciones.
     Esto no es un ensayo crítico -sería incapaz de hacerlo seriamente-, sino una simple semblanza, muy breve en realidad si la comparo con lo que recuerdo ahora mismo, esta noche de mayo en un lugar que ustedes no conocen y se llama Montevideo. Una semblanza de un tipo llamado Roberto Arlt, destinado a escribir.
     Y el destino, supongo, sabe lo que hace. Porque el pobre hombre se defendió inventando medias irrompibles, rosas eternas, motores de superexplosión, gases para concluir con una ciudad.
     Pero fracasó siempre y tal vez de ahí irrumpieran en este libro metáforas industriales, químicas, geométricas. Me consta que tuvo fe y que trabajó en sus fantasías con seriedad y métodos germanos.
     Pero había nacido para escribir sus desdichas infantiles, adolescentes, adultas. Lo hizo con rabia y con genio, cosas que le sobraban.
     Todo Buenos Aires, por lo menos, leyó este libro. Los intelectuales interrumpieron los dry martinis para encoger los hombros y rezongar piadosamente que Arlt no sabía escribir. No sabía, es cierto, y desdeñaba el idioma de los mandarines: pero sí dominaba la lengua y los problemas de millones de argentinos, incapaces de comentarlo en artículos literarios, capaces de comprenderlo y sentirlo como amigo que acude —hosco, silencioso o cínico— en la hora de la angustia.
     Arlt nació y soportó la infancia en ese límite fijo que los estadígrafos de todos los gobiernos de este mundo llaman miseria-pobreza: soportó a un padre de sangre pura que le decía, a cada travesura mañana a las seis te voy a dar una paliza. Arlt trató de contarnos, y tal vez pudo hacerlo en su primera novela, los insomnios en que miraba la negrura de una pequeña ventana, viendo el anuncio de la mañana implacable
     Supe que leyó Dostoyevski en miserables ediciones argentinas de su época. Humillados y ofendidos, sin duda alguna. Después descubrió Rocambole y creyó. Era, literariamente, un asombroso semianalfabeto. Nunca plagió a nadie; robó sin darse cuenta.
     Sin embargo, yo persisto, era un genio. Y, antes del final, una observación: por si todavía quedan lombrosianos es justo decir que los huesos frontales del genio muestran una protuberancia en el entrecejo. En Roberto Arlt el rasgo era muy notable; yo no lo tengo.
     Y ahora, por desgracia, reaparece la palabra “desconcertante”. Pero, ya que está expuesta, vamos a mirarla de cerca. Corno viejos admiradores de Arlt, como antiguos charlatanes y discutidores, hemos comprobado que las objeciones de los más cultos sobre la obra de Roberto Arlt son difíciles de rebatir Ni siquiera el afán de ganar una polémica durante algunos minutos me permitió nunca decir que no a los numerosos cargos que tuve que escuchar y que sin embargo, curiosamente, nadie se atreve a publicar. Vamos a elegir los más contundentes, los más definitivos en apariencia:
     1) Roberto Arlt tradujo a Dostoyevski al lunfardo, La novela que integran Los siete /Locos y Los lanzallamas nació de Los demonios. No sólo el tema, sino también situaciones y personajes. Maria Timofoyevna Lebiádkikna, “la coja”, es fácil de reconocer, se llama aquí Hipólita, Stavroguin es reconstruido con el Astrólogo; y otros; el diablo, puntualmente se le aparece tantas veces a Erdosain como a Iván Karamázov.
     2) La obra de Arlt puede ser un ejemplo de carencia de autocrítica. De sus nueve cuentos recogidos en libro, este lector envidia dos: Las fieras, Ester Primavera y desprecia el resto.
     3) Su estilo es con frecuencia enemigo personal de la gramática.
     4) Las “Aguafuertes porteñas” son, en su mayoría, perfectamente desdeñables.
     Las objeciones siguen pero éstas son las principales y bastan.
     Los anteriores cuatro argumentos del abogado del diablo son, repetimos, irrebatibles. Seguimos profunda, definitivamente convencidos de que si algún habitante de estas humildes playas logró acercarse a la genialidad literaria, llevaba por nombre el de Roberto Arlt. No hemos podido nunca demostrarlo. Nos ha sido imposible abrir un libro suyo y dar a leer el capítulo o la página o la frase capaces de convencer al contradictor. Desarmados, hemos preferido creer que la suerte nos había provisto, por lo menos, de la facultad de la intuición literaria. Y este don no puede ser transmitido.
     Hablo de arte y de un gran, extraño artista. En este terreno, poco pueden moverse los gramáticos, los estetas, los profesores. O, mejor dicho, pueden moverse mucho pero no avanzar. El tema de Arlt era el del hombre desesperado, del hombre que sabe -o inventa- que sólo una delgada o invencible pared nos está separando a todos de la felicidad indudable, que comprende que “es inútil que progrese la ciencia sí continuamos manteniendo duro y agrio el corazón como era el de los seres humanos hace mil años”.
     Hablo de un escritor que comprendió cómo nadie la ciudad en que le tocó nacer. Más profundamente, quizá, que los que escribieron música y letra de tangos inmortales. Hablo de un novelista que será mucho mayor de aquí que pasen los años -a esta carta se puede apostar- y que, incomprensiblemente, es casi desconocido en el mundo.
     Dedicado a catequizar, distribuí libros de Roberto Arlt. Alguno fue devuelto después de haber señalado con lápiz, sin distracciones, todos los errores ortográficos, todos los torbellinos de la sintaxis. Quien cumplió la tarea tiene razón. Pero siempre hay compensaciones; no nos escribirá nunca nada equivalente a “La agonía del rufián melancólico”, o “El humillado” o a “Hafner cae”.
     No nos dirá nunca, de manera torpe, genial y convincente, que nacer significa la aceptación de un pacto monstruoso y que, sin embargo, estar vivo es la única verdadera maravilla posible. Y tampoco nos dirá que, absurdamente, más vale persistir.
     Y, en otro plano del arltismo: ¿quién nos va a reproducir la mejilla pensativa, el perfil desgraciado y cínico de Roberto Arlt en el sucio boliche bonaerense de Rio de Janeiro y Rivadavia, cuando se llamaba Erdosain?




En: Réquiem por Faulkner y otros artículos, Arca / Calicanto, 1976. De: Roberto Arlt. Prólogo a la edición italiana. Reproducido en Marcha, 28 de mayo de 1971. Foto: Jmp
Juan Carlos Onetti (Montevideo, Uruguay, 1 de julio de 1909 – Madrid, España, 30 de mayo de 1994).
Roberto Arlt (Buenos Aires, Argentina, 26 de abril de 1900 – 26 de julio de 1942).



Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller. -