lunes, 18 de septiembre de 2017

Daniel Giribaldi, La maravilla y el milagro



RETORNO EN EL MÁS ALTO CERRO

     Pero retornas, húmeda la risa, fresca
la voz y clara la presencia lejana; pero
retornas dando sentido a este rumor que brota del poema
cuando menciono el agua
que corre allá debajo y que te nombra,
el sol, que pesa menos; el aire
interesado en todo lo que vive,
en la ternura de las bestias,
en el yacer paciente de las piedras,
en las distantes lámparas que alumbran y presiden nuestro día.

     Hay un jirón de luz en cada espina
y la sierra está ahora más cerca
del corazón de la mañana, la tierra
tiene alas en el vado, el arroyo
va cantando a morir. Las bocas ávidas de octubre
absorben su frescura y en el cielo gira
una noria de pájaros.

     Hoy es feriado en la tristeza. Las abejas
trabajan sus seis horas y expiran. La estación se descalza
y cumple su ritual, talla
su aguamarina el trino y hay pedazos de cielo en los charcos.
Todo reafirma tu presencia, en tanto
el arco de tu voz en el recuerdo dispara y recupera
los domingos del tiempo.

     Pliegan las nubes su extenuado velamen, fragatas
celestes navegan este azul que te proclama. Lejano,
un camino
mira pasar rebaños de horas extenuadas, un carro
que conduce tardes muertas, el frágil ataúd de la dicha.
Pero retornas, y aunque el recuerdo es cárcel
de doradas columnas verdes, borra
las cicatrices de encuentros no tenidos, de voces
que no nos fueron reveladas.

     Hablo de lo ideal, naturalmente, de nacimientos
que no se produjeron, de partidas registradas tan sólo
en la novela cursi que el día desbarata
y de esta persistencia en la gracia, que vuelve
cuando vuelves y que se va
Cuando te alejas, o de este vano
tenerte en un poema, cuando la vida
a un paso de este pie,
torna azules los cerros a lo lejos,
al par que nos mantiene
maduros aún para la maravilla y el milagro.



En: Diez poemas de amor, Ediciones Poesía Buenos Aires, 1956.

Daniel Giribaldi (Diógenes Jacinto Giribakdi, Buenos Aires, 1930 – 1984). Foto: Jmp

martes, 12 de septiembre de 2017

Miguel Grinberg, La necesidad de creer




CREER

Creer
con la mirada con los dientes con la tarde
entre las agujas sobre los espejos horizontales y el ocio
después de la letra adelante despacio yendo como bengalas
promesas conjeturas diseminadas porque no cuesta nada
antes del miedo  en la vasta inservibilidad del fraseo
Ninguna parte del todo cumple las funciones de la unidad
pero está la piel con su vaticinio incoloro y su multitud
están las habituales criaturas de la imaginación famélica
qué bello el azar y caminar sin saber por qué pero caminar 
porque las piernas y la calle y las muchachas y el olor
de los árboles y ninguna pregunta para
adormecer el pretencioso reclamo del poema y no hay muerte capaz de amedrentar al fuego y al corazón cuando gime y al sueño cuando se descuelga con su cargamento
Así desconozco lo que no quiero conocer y sé lo que deseo
saber y poseo los inapreciables frutos de los tesoros
que nadie aprecia y no hay cadena capaz de aprisionarme
y no hay muerte capaz de silenciar mi silencio así en la
tierra como en la carne así en la luz como en la sombra
así en el mar como en la ciudad  
porque creo y no conozco
el sí y tampoco el no
y porque nada espero
de todo dispongo
y porque anhelo todo
sis aprisionarlo
no te retengo
no me acorralás
y nos poseemos como
felices insatisfechos
en la vigilia
porque creemos
que no hace falta creer
porque creamos
la necesidad de creer.



En revista Barrilete, nueva época, año 5, nº1, octubre de 1968. Directores: Alberto Costa y Carlos Patiño.
Miguel Grinberg (Buenos Aires, 18 de agosto de 1937). Foto: Jmp. Archivo de la talita dorada. 

sábado, 26 de agosto de 2017

Mario Benedetti, Una estricta composición de lugar




EL CUMPLEAÑOS DE JUAN ÁNGEL
(Fragmento, inicio de la novela en verso)


a Raúl Sendic


Este viernes intacto se abre
en una habitación a ciegas

este veintiséis de agosto 
a las siete y cincuenta
yo osvaldo puente empiezo por ser un niño
de miedo enterizo y ojos cerrados
y sobtre todo de pies fríos
que suena cuestabajo con dos tucanes
dos tucanes hermosos y balanceándose
de esos que sólo vienen en los almanaques

seguiré algunas horas siendo niño

ante todo una estricta composición de lugar
no todas las mañanas se cumplen ocho agostos
y ahora vendrá la madre o sea mamá
con su sonrisa quieta
sus delgados brazos color flamenco
a decir
a volar
a romper el champán
sobre el barco del año

seguiré algunas horas

pero los postigos están cerrados
el día externo se limita a líneas perfectas verticales luminosas
pequeñas concesiones que hace la sombra poco menos que vencida
la oscuridad que ya no puede más
la pobre

quiere decir entonces que a esta altura tengo los ojos otra vez receptivos
que el miedo compacto empieza a desfibrarse
que los tucanes quedaron allá arriba
y yo estoy aquí abajo con los pies fríos

buendía dice la madre o sea mamá
con su sonrisa quieta
su color de flamenco
y además cosa nueva con las piernas muy juntas
y el largo cabello que se dobla en los hombros

cuidando que me estoy despertando
yo compatriota de ocho años
comienzo a joderme desde infante
a consolarme como
si vivir mereciera consuelo

sé que estoy lleno de parientes
de primos segundos
padres equidistantes
grandes trinchantes y roperos cómodas
sillas con abuelos
monopatines
hermanita
etcétera

tengo en la mano un naipesueño
no está mal pero sobre todo no está bien
debo acostumbrarme de una vez por todas al vacío
y así mismo a la desbordante plenitud

cuidado mundo gente cosas cuidadito
que me estoy despertando
los hermosos tucanes se balancean aún
pero en su inminente desequilibrio ya no me miran con su ojo lateral y admonitorio

yo compatriota de ocho años
traigo una serie completa de intenciones
que incluye las celestiales y aviesas
un estuche de intenciones que todavía no he abierto
porque entiéndanme apenas tengo ocho años
y eso significa caramelos de menta
bochones de colores en maraña
gaudeamus varios de dulce de leche
y maestras de guardapolvo blanco
de las que estoy condenado a enamorarme
nada más que para no defraudar a freud

un baúl de propósitos que aún desconozco
pero que están seguramente en mí como la pupila el bazo la vejiga
justamente me estoy despertando y tengo tatas ganas de orinar
como en cualquier día que no sea mi cumpleaños

(…)


La Habana, marzo a noviembre de 1970


En: El cumpleaños de Juan Ángel (novela en verso), Seix Barral, 1993. Impreso en Colombia. Foto: Jmp
Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia (Paso de los Toros, 14 de septiembre de 1920 - Montevideo, 17 de mayo de 2009).

miércoles, 23 de agosto de 2017

Haroldo Conti, Inicio de cuatro cuentos



TODOS LOS VERANOS

     A veces pienso en mi viejo. O es un barco que parte o esa gente vagabunda que trae el verano o simplemente una luz en el río. Entonces me siento en la costa y pienso en mi viejo.
(…)



COMO UN LEÓN

     Todas las mañanas me despierta la sirena de la Ítalo. Ahí empieza mi día. El sonido atraviesa la villa envuelta en las sombras, rebota en los galpones del ferrocarril y por fin se pierde en la ciudad. Es un sonido grave y quejumbroso y suena como la trompeta de un ángel sobre un montón de ruinas. Entonces abro los ojos en la oscuridad y me digo, cuando todavía dura el sonido, "Levántate y camina como un león". No sé dónde escuché eso, porque a mí no se me hubiera ocurrido, tal vez en la tele, tal vez a un pastor de la escuela del Ejército de Salvación, pero eso es lo que me digo cada mañana y para mí tiene su sentido. "Levántate y camina como un león". 
(…)



OTRA GENTE

     El abuelo está sentado frente a la casa en medio de una gran mancha de luz. El sol le golpea desde arriba y a ratos la cabeza desaparece en una llamarada que le baja por el cuerpo. Tiene los pantalones recogidos hasta las rodillas para que el calor se le meta en los huesos, pero por lo visto ya no le cabe ni siquiera eso dentro del pellejo. Está flaco y sumido como una urraca y las piernas son dos estacas peladas de esas que escupe el río. No se le mueve un pelo y a ratos simplemente parece un muñeco. Sin embargo el hueco negro de los ojos se le vacía de repente y los anteojos relumbran como fogonazos que le vuelan la cara.
(…)



EL ÚLTIMO

     Un buen día me hice un vago. Así como lo oyen. No sé cuándo empezó pero aquí me tienen, tumbado a un costado del camino esperando que pase un camión y me lleve a cualquier parte. Ustedes deben haber visto un tipo de esos desde la ventanilla de un ómnibus o del tren. Pues yo soy uno de esos exactamente y puedo asegurarles que me siento muy a gusto. Cualquiera de ustedes dirian que solamente al último de los hombres se le puede ocurrir tal cosa. Soy el último de los hombres. (…)



Inicio de los cuentos: “Todos los veranos”, “Como un león”, “Otra gente” y “El último” (de Con otra gente, 1967). En: Los novios y otros cuentos, Página/12, 1994. Foto: Jmp

Haroldo Pedro Conti (Chacabuco, 25 de mayo de 1925 – Secuestrado y desaparecido en Buenos Aires el 5 de mayo de 1976).

lunes, 21 de agosto de 2017

Jean Paul Sartre, Lo mejor sería escribir los acontecimientos cotidianamente



HOJA SIN FECHA

     Lo mejor sería escribir los acontecimientos cotidianamente. Llevar un diario para comprenderlos. No dejar escapar los matices, los hechos menudos, aunque parezcan fruslerías, y sobre todo clasificarlos. Es preciso decir cómo veo esta mesa, la calle, la gente, mi paquete de tabaco, ya que es esto lo que ha cambiado. Es preciso determinar exactamente el alcance y la naturaleza de este cambio.
     Por ejemplo, ésta es una caja de cartón que contiene la botella de tinta. Habría que tratar de decir cómo la veía antes y cómo la (1)           ahora. ¡Bueno! Es un paralelepípedo rectángulo; se recorta sobre… es estúpido, no hay nada que decir. Pienso que éste es el peligro de llevar un diario: se exagera todo, uno está al acecho, forzando continuamente la verdad. Por otra parte, es cierto que de un momento a otro —y precisamente a propósito de esta caja o de otro objeto cualquiera—, puedo recuperar la impresión de ante ayer. Debo estar siempre preparado, o se me escurrirá una vez más entre los dedos. No          (2) nada, sino anotar con cuidado y prolijo detalle todo lo que se produce.
     Naturalmente, ya no puedo escribir nada claro sobre las cuestiones del miércoles y de anteayer; estoy demasiado lejos; lo único que puedo decir es que en ninguno de los dos casos hubo nada de lo que de ordinario se llama un acontecimiento. El sábado los chicos jugaban a las tagüitas y yo quise tirar, como ellos, un guijarro al agua. En ese momento me detuve, dejé caer el guijarro y me fui. Debí de parecer chiflado, probablemente, pues los chicos se rieron a mis espaldas.
     Esto en cuanto a lo exterior. Lo que sucedió en mí no ha dejado huellas. Había algo que vi y que me disgustó, pero ya no sé si miraba el mar o la piedrecita. La piedra era chata, seca de un lado, húmeda y fangosa del otro. Yo la tenía por los bordes, con los dedos muy separados para no ensuciarme.
     Anteayer fue mucho más complicado. Y hubo además esa serie de coincidencias y de quid pro quo que no me explico. Pero no me entretendré poniendo todo esto por escrito. En fin; lo cierto es que tuve miedo o algo por el estilo. Si por lo menos supiera de qué tuve miedo, ya sería un gran paso.
     Lo curioso es que no estoy nada dispuesto a creerme loco; hasta veo con evidencia que no lo estoy: todos los cambios conciernen a los objetos. Por lo menos quisiera estar seguro de esto.

Las diez y media (3)

     Acaso después de todo, fue una ligera crisis de locura. Ya no quedan rastros. Hoy los extraños sentimientos de la otra semana me parecen muy ridículos: ya no me convencen. Esta noche estoy muy a mis anchas, burguesamente, en el mundo. Éste es mi cuarto, orientado hacia el noreste. Abajo la calle des Mutilés y el depósito de la nueva estación. Desde mi ventana veo, en la esquina del bulevar Victor-Noir, la luz roja y blanca del Rendez-vous des Cheminots. Acaba de llegar el tren de París. La gente sale de la antigua estación y se desparrama por las calles. Oigo pasos y voces. Muchas personas esperan el último tranvía. Han de formar un grupito triste alrededor del pico de gas, justo debajo de mi ventana. Bueno, todavía tienen que esperar unos minutos: el tranvía no pasará antes de las diez y cuarenta y cinco. Con tal de que esta noche no lleguen viajantes de comercio; tengo tantas ganas de dormir y tanto sueño atrasado. Una buena noche, una sola, barrerá con todas estas historias.
     Las once menos cuarto; no hay nada que temer, ya estarían aquí. A menos que sea el día del señor de Rouen. Viene todas las semanas; le reservan el cuarto Nº 2 del primero, el que tiene bidé. Todavía puede llegar; muchas veces toma un bock en el Rendez-vous des Cheminots antes de acostarse. Por otra parte, no hace demasiado ruido. Es muy bajito, y muy limpio, con bigote negro, encerado, y peluca. Aquí está.
     Bueno; era tan tranquilizador oírlo subir la escalera, que el corazón me dio un saltito: ¿qué puede temerse de un mundo tan regular? Creo que estoy curado.
     Y ahí viene el tranvía 7 “Mataderos-Grandes Diques”. Llega con gran ruido de hierro viejo. Arranca. Ahora se hunde, cargado de valijas y niños dormidos, en dirección a los grandes diques, a las fábricas, al este negro. Es el penúltimo tranvía; el último pasará dentro de una hora.
     Voy a acostarme. Estoy curado, renuncio a escribir mis impresiones día por día, como las niñas, en un lindo cuaderno nuevo.
     En un solo caso podría ser interesante llevar un diario: si (4)

Posiblemente inicio de enero de 1932.
  
(1) Espacio en blanco.
(2) Hay una palabra tachada (quizá “forzar” o “forjar”); otra, agregada encima, es ilegible.
(3) De la noche, evidentemente. El párrafo que sigue es posterior a los anteriores. Nos inclinamos a creer que, a más tardar, fue escrito al día siguiente.
(4) El texto de la hoja sin fecha se detiene aquí.


Fragmento inicial de la novela La Náusea, Editorial Losada, Buenos Aires, cuarta edición 3-9-1953 (primera edición 9-10-1947). Traducción: Aurora Bernárdez (Buenos Aires, 23 de febrero de 1920 – París, 8 de noviembre de 2014)​​.  Foto: Jmp
Jean-Paul Charles Aymard Sartre (París, 21 de junio de 1905 – 15 de abril de 1980). 

martes, 15 de agosto de 2017

Litto Nebbia, Puedo estar feliz a tu lado



EL COMPOSITOR NO SE DETIENE


     Yo sé que estas calles
no me pueden parar,
ando como el río,
sin mirar atrás.

     Si alguien me detiene
es porque no entendió,
que el dolor fortaleció a mi corazón.

     Y puedo estar feliz a tu lado,
aunque haya gente que me haga a un costado,
porque además yo sé que el destino
fortalece esta forma de vivir.

     Nunca estas calles
me dejarán desear,
por eso, como el viento,
voy a cualquier lugar.

     Si alguien se me cruza
es porque lo encegueció
esta llama que enciende mi corazón.

     Y puedo estar feliz a tu lado,
aunque haya gente que me haga a un costado,
porque además yo sé que el destino
fortalece esta forma de vivir.









En CD: Andrés Calamaro. El palacio de las flores, editado en noviembre de 2006. Producido por Litto Nebbia. Foto: Jmp
Letra y música: Litto Nebbia (Rosario, 21 de  julio de 1948).
Andrés Calamaro (Buenos Aires, 22 de agosto de 1961).

domingo, 13 de agosto de 2017

José Emilio Tallarico, Un caos gobernable



LINEAL

Una línea
has trazado

distinta
de los garabatos
que haces
al hablar por teléfono

dentro de un caos
gobernable aún
o más aquí
de lo desmesurado

es perfecta
¿es perfecta?

tú que tienes recuerdo
palpa el camino
de tu lápiz ahora

no desplomes
tu gesto en esa página
no te abisme por hoy.


PERCEPCIÓN FUGAZ

Vida o piedad
del roce anímico
sin espesor
por donde el instante
pasa encandilado
a conocerse .

Tardío rehén
de la aurora
temprana va
tu corona de tiempo
temprana
tu inasible danza.


FIGURA DE JACOBO FIJMAN

El aire puede florecer dolido
por paredes blancas
o por pasillos furtivamente despegados
de una lámina antigua.
Dédalo anduvo por ahí, tapiando todo.
Se hunde el pasado, se hunde la mirada.
Una ventana enjaula su desierto.
El arrullo es un niño
que creció con prendas de dormir
y soñó el aire en su pecho:
palabra envuelta en la frisa de un amor
que desmenuza la distancia.

Camina Fijman sobre los ojos mansos,
sobre la soledad cuidada,
sobre la espuela de su plegaria herida.
Camina Fijman por el tallo de la flor ausente,
con pies de ciervo, con pies en pantuflas de invierno,
con el semblante mínimo y soleado
de su trastienda de belleza.
Camina Fijman sobre baldosas detalladas,
pero nunca las cuenta, y acaso les quite el sopor clandestino,
la pena indelegable.

En su mesa de luz rezó un informe sólo había papeles.


FRAGMENTO

Esta es la rosa.
Este es el sentido que la rosa extrae de la mirada.
Este es el ojo que se dice rosa
cuando la rosa lo enceguece.
Este es el lenguaje donde la rosa cae
como un atardecer, como una herida.

Lo demás:
no ve, no habla, no perfuma,
inventa una ciudad.




Viejos tiempos: cuando semanalmente llegaban por correo tradicional revistas, libros, cuadernos, plaquetas (y maravillas) en sobres de papel madera.
En: Poema 1 y 2: La Hoja Carmín, número 1, Buenos Aires, 2008. Dirección: Eduardo Dalter. Redacción: Nidia Santa Cruz. Poema 3 y 4: Selección de poemas. Foto: Jmp
José Emilio Tallarico (Buenos Aires, 1950).

miércoles, 9 de agosto de 2017

Juan Manuel Inchauspe, La frialdad crece como una hiedra oscura y paciente



POEMA 1

Para Elda Menvielle y Puchi Rey Leyes

Esta mañana al despertar
al abandonar el lecho de cenizas del sueño
me incliné como siempre en el jardín
pero no encontré la ayuda de mis palabras.
Quise saber por qué las aguas de aquella mañana
iban por encima de mí
más lejos de lo que yo esperaba
pero no encontré respuesta. En el lugar
donde todos los días mi rostro va a reflejarse
encontré una piedra oscura
de afiladas puntas.


POEMA 2

De pronto todo se oscurece querida.
A plena luz,
cuando la tarde permanece aún abierta y sin doblegar,
todo se oscurece.
Nosotros que quisimos que el sol fuera nuestro alimento
somos a veces brutalmente arrancados de aquí
y empujados lejos
donde la frialdad crece como una hiedra oscura y paciente.



En: revista Crisis, número 17, Buenos Aires, septiembre de 1974. Director editorial: Eduardo Galeano. Secretaría de redacción: Juan Gelman y Aníbal Ford.
Juan Manuel Inchauspe (Santa Fe, 13 de septiembre de 1940 - 7 de junio de 1991). Foto: Jmp

martes, 8 de agosto de 2017

Otto René Castillo, Amargo sabor a luto tiene la tierra donde vivo



RETORNO AL DOLOR DE TODOS

He vuelto
después de cinco años.
Y sola estaba la calle
para mí.
Este viejo viento
que conozco desde niño,
caracoleó un poco en mis cabellos
y se quedó ahí de pie, y alegre
tal vez por mi regreso.

De los amigos,
ninguno estaba para verse.

Casi todos siguen lo mismo,
me dijeron vagamente,
pero su piel
se ha vuelto grave ya.

Casi todos también
laborando en la sombra,
dejando
con su vejez
una dura y amarga constancia
de su lucha.

Algunos, sin embargo,
se han cansado ya y le dieron
las espaldas al pueblo y a su frente.
Para poder comer y dormir
mejor
se despojaron de sí,
se convirtieron tristemente
en el gusano que odiaban
y ahora reptan,
hondo,
en la inmundicia,
donde se hartan
junto a las bestias.

A pesar de todo,
han sido muy pocos
los traidores,
los que un día
temblarán
ante la furia
múltiple
del pueblo
y pedirán perdón
y serán dura,
cierta,
justamente
castigados,
porque ellos
siempre supieron
lo que estaban haciendo.

He vuelto
después de cinco años.
Y nadie
pudo acudir a saludarme.
Ni aun aquellos
para quienes he vivido
luchando, gritando:
“¡Vosotros sois grandes,
poderosos, y unidos podéis
hacer más llevadera la vida.
Sublevaos!”

Ni aun ellos me recuerdan.

Mis compatriotas
siguen y siguen sufriendo
diariamente.
Tal vez ahora
un poco más que siempre.

He vuelto, digo.
Y estoy aquí
para seguir luchando.
Y aunque,
a veces,
me ardan otras lunas
muy lejanas y muy bellas
en la piel,
me quedaré con todos,
a sufrir con todos,
a luchar con todos,
a envejecer con todos.

A su regreso,
dirán después los hombres,
no hubo nadie, no hubo nada,
a no ser la calle sola.
Y este viejo viento
que conoció de niño,
hace ya tanta estrella
y tanta, tanta lluvia.


SABOR A LUTO

Tú no sabes,
mi delicada bailarina,
el amargo sabor a luto
que tiene la tierra
donde mi corazón humea.
Si alguien toca a la puerta,
nunca sabes si es la vida
o la muerte
la que pide una limosna.
Si sales a la calle,
puede que nunca más
regresen los pasos
a cruzar el umbral
de la casa donde vives.
Si escribes un poema,
puede que mañana
te sirva de epitafio.
Si el día está hermoso
y ríes,
puede que la noche
te encuentre en una celda.
Si besas a la luna,
que acaricia tu hombro,
puede que un cuchillo
de sal
nazca de madrugada
en tus pupilas.

Amargo sabor a luto
tiene la tierra donde vivo,
mi dulce bailarina.

Sabes,
creo que he retornado
a mi país
tan solo para morir.

Y en verdad,
no lo comprendo todavía.


En: revista Crisis, Buenos Aires, noviembre de 1973, número 7. Director editorial: Eduardo Galeano. Secretaría de redacción: Juan Gelman y Julia Constela.

Otto René Castillo (Quezaltenango, Guatemala, 25 de abril de 1934 – 17 de marzo de 1967). Poeta y revolucionario guatemalteco. Capturado por el ejército, junto a su compañera Nora Paiz, los llevaron a la base militar de Zacapa donde fueron salvajemente torturados y quemados vivos.

lunes, 7 de agosto de 2017

Diana Bellessi, Tener un jardín, es dejarse tener por él y su eterno movimiento de partida




Hay un fulgor mediado
por el sueño
un descenso
a la raíz que toca
tierra
y su estela de rojos
vivos que el aire lleva
otoño del paisaje
y de mi vida
Dejarse ser
es hacer
una acción que contempla
ido y porvenir:

aura de hojas
no visibles
en la vara de mayo

el pequeño fresno
vigía.




He construido un jardín como quien hace
los gestos correctos en el lugar errado.
Errado, no de error, sino de lugar otro,
como hablar con el reflejo del espejo
y no con quien se mira en él.
He construido un jardín para dialogar
allí, codo a codo en la belleza, con la siempre
muda pero activa muerte trabajando el corazón.
Deja el equipaje repetía, ahora que tu cuerpo
atisba las dos orillas, no hay nada, más
que los gestos precisos -dejarse ir- para cuidarlo
y ser, el jardín.
Atesora lo que pierdes, decía, esta muerte
hablando en perfecto y distanciado castellano.
Lo que pierdes, mientras tienes, es la sola compañía
que te allega, a la orilla lejana de la muerte.

Ahora la lengua puede desatarse para hablar.
Ella que nunca pudo el escalpelo del horror,
provista de herramientas para hacer, maravilloso
de ominoso. Sólo digerible al ojo el terror
si la belleza lo sostiene. Mira el agujero
ciego: los gestos precisos y amorosos sin reflejo
en el espejo frente al cual, la operatoria carece
de sentido.

Tener un jardín, es dejarse tener por él y su
eterno movimiento de partida. Flores, semillas y
plantas mueren para siempre o se renuevan. Hay
poda y hay momentos, en el ocaso dulce de una
tarde de verano, para verlo excediéndose de sí,
mientras la sombra de su caída anuncia
en el macizo fulgor de marzo, o en el dormir
sin sueño del sujeto cuando muere, mientras
la especie que lo contiene no cesa de forjarse.
El jardín exige, a su jardinera verlo morir.
Demanda su mano que recorte y modifique
la tierra desnuda, dada vuelta en los canteros
bajo la noche helada. El jardín mata
y pide ser muerto para ser jardín. Pero hacer
gestos correctos en el lugar errado,
disuelve la ecuación, descubre páramo.
Amor reclamado en diferencia como
cielo azul oscuro contra la pena. Gota
regia de la tormenta en cuyo abrazo llegas
a la orilla más lejana. I wish you
were here amor, pero sos, jardinera y no
jardín. Desenterraste mi corazón de tu cantero. 


 

En: Primer Plano, Suplemento de cultura de Página/12, 20 de diciembre de 1992. De: El jardín, 1992.

Diana Bellessi (Zavalla, provincia de Santa Fe, 11 de febrero de 1946). Foto: Jmp

domingo, 6 de agosto de 2017

Guillermo Cabrera Infante, ¡Ay, José!


CANCIÓN CUBANA

¡Ay, José, así no se puede!
¡Ay, José, así no sé!
¡Ay, José, así no!
¡Ay, José, así!
¡Ay, José!
¡Ay!



En: Exorcismos de esti(l)o, Seix Barral, España, 1976.  
Guillermo Cabrera Infante (Gibara, Cuba, 22 de abril de 1947 – Londres, Inglaterra, 21 de febrero de 2005). Foto: Jmp

RITA MONTANER

miércoles, 2 de agosto de 2017

John Berger, El viento se levantó en la noche, y lejos llevó nuestros planes



DIEZ COMUNICADOS ACERCA DE LA ENTEREZA ANTE LOS MUROS
(octubre de 2004)

1
     Dice un proverbio chino: “El viento se levantó en la noche, y lejos llevó nuestros planes”.

2
     Los pobres no tienen residencia. Tienen hogares porque recuerdan a las madres o a los abuelos o a la tía que los crió. Una residencia es una fortaleza, no un relato; mantiene a los salvajes a raya. Una residencia requiere muros. Casi todos los pobres sueñan con una pequeña residencia. Es como soñar un descanso. No importa cuán enorme sea la congestión, los pobres viven en lo abierto donde improvisan lugares para sí mismos, no residencias. Estos lugares son tan protagonistas como sus ocupantes; tienen vidas propias que vivir y no esperan, como las residencias, la llegada de otros. Los pobres viven con el viento, con la humedad, con el volátil polvo, con el silencio y el ruido intolerable (a veces con ambos: sí, eso es posible), con hormigas, con animales grandes, con olores que vienen de la tierra, con ratas, humo, lluvia, vibraciones de otras partes, rumores; con la caída de la noche, y unos con otros. Entre los habitantes y estas presencias no hay líneas divisorias claras. Confundidos inextricablemente, juntos forman la vida del lugar.
     “Caía el crepúsculo; el cielo envuelto en una fresca niebla gris empezaba a cerrarse en lo oscuro; y el viento, después de pasar el día haciendo crujir el rastrojo y los arbustos desnudos, muertos en preparación del invierno, ahora se posaba en las partes bajas, quietas, de la tierra…”.
     Colectivamente, los pobres son inasibles. No sólo son la mayoría del planeta, están por donde quiera y el suceso más diminuto habla de ellos. Es por esto que la actividad esencial de los ricos de hoy es construir muros -paredes de concreto, vigilancia electrónica, barreras de misiles, campos minados, controles fronterizos y opacas pantallas mediáticas.

3
     En la vida de los pobres casi todo son penurias, interrumpidas por momentos de iluminación. Cada vida tiene su propia propensión a iluminarse y no hay dos iguales. (El conformismo es un hábito que cultivan los acomodados.) Los momentos de iluminación arriban por medio de la ternura y el amor -el consuelo de ser reconocidos, necesitados y abrazados por ser lo que repentinamente uno es. A otros momentos los ilumina la intuición, pese a todo, de que la especie humana sirve para algo.
     “Nazar, dime cualquier cosa -algo que sea más importante que lo demás".
     Aidym bajó el tamaño de la mecha en la lámpara para usar menos parafina. Comprendió que, ya que en la vida había algo más importante que lo demás, era esencial cuidar de todos los bienes que existieran.
     ''No conozco eso que realmente importa, Aidym", dijo Chagataev. ''No lo he pensado, nunca tengo tiempo. Pero si ambos nacimos, debe haber algo en nosotros que de verdad importa."
     Aidym coincidió: ''Es poco lo que importa... y mucho que no".
     Aidym preparó la cena. Sacó pan plano de un costal, lo embarró con manteca de cordero y lo partió a la mitad. Le dio a Chagataev la mitad más grande y se quedó con la chica. En silencio masticaron su comida a la débil luz de la lámpara. En el Ust-Yurt y en el desierto, todo estaba quieto, incierto y oscuro.”

4
     En las vidas donde casi todo son penurias penetra de tiempo en tiempo la desesperanza. Esta es la emoción que acomete tras sentir una traición: al derrumbarse la posibilidad erguida contra toda probabilidad (algo todavía lejos de ser una promesa) la desesperanza inunda el espacio del alma que antes ocupaba el confiar. La desesperanza nada tiene que ver con el nihilismo.
     En su sentido contemporáneo, el nihilismo es negarse a creer en cualquier escala de prioridades más allá de la búsqueda de ganancias; es considerar que ésta es el fin último de toda actividad social, de tal modo que, precisamente: todo tiene precio. El nihilismo es la forma más actual de la cobardía humana, la resignación ante el alegato de que el precio lo es todo. No es frecuente que los pobres sucumban ante esta cobardía.
     “Comenzó a compadecer su cuerpo y sus huesos; su madre los había juntado para él a partir de la pobreza de su propia carne -no por amor o pasión, tampoco por placer, sino a causa de las más cotidianas necesidades. Se sintió como si le perteneciera a otros, como si fuera la última posesión de aquellos que no tenían ninguna. Sintió estar a punto de ser despilfarrado sin propósito, y lo acometió la más grande y vital furia de su vida.”
     Una nota explicando estas citas. Provienen de los relatos del gran escritor ruso Andréi Platónov (1899-1951), quien escribió acerca de la pobreza durante la guerra civil y luego durante la colectivización forzada de la agricultura soviética a principios de los años 30. Lo que hizo de esta pobreza algo diferente de las anteriores, fue que su desolación traía consigo muchas esperanzas rotas. Era una pobreza que rodaba por el suelo extenuada, se levantaba, se tambaleaba, proseguía por entre los fragmentos de las promesas traicionadas y las palabras aplastadas. Platónov usó con frecuencia el término dushevny bednyak que significa, literalmente, pobres almas: aquellos a quienes les habían arrancado todo, de tal suerte que era inmenso su vacío interior. En esa inmensidad sólo quedaba su alma -es decir su capacidad de sentir y aguantar. Pero sin sumarle penurias a lo vivido, los textos de Platonov salvaban algo. ''De nuestra fealdad surgirá el corazón del mundo", escribió a principios de los años veinte. Los textos de Platónov salvaban algo sin sumarle penurias a lo vivido.
     El mundo de hoy sufre otra forma moderna de la pobreza. No es necesario citar datos. Se conocen ampliamente y repetirlos una vez más sólo levanta otro muro, de estadísticas. Más de la mitad de la población mundial vive con menos de dos dólares diarios. Las culturas locales, con sus remedios -físicos y espirituales- para algunas de las aflicciones de la vida, son sistemáticamente destruidas y atacadas. La nueva tecnología y los medios de comunicación, la economía de libre mercado, la abundancia productiva, la democracia parlamentaria, no están cumpliendo, por lo menos en lo concerniente a los pobres, con ninguna de sus promesas, más allá del suministro de ciertos bienes de consumo baratos, que los pobres pueden comprar cuando roban.
     Platónov entendió la pobreza moderna más profundamente que ningún narrador con quien me haya topado.

5
     El secreto del impulso narrativo de los pobres yace en la convicción de que contar historias permite que se escuchen en algún otro lugar donde alguien, o tal vez una legión de personas, entiendan mejor que el narrador o los protagonistas lo que la vida significa. Los poderosos no pueden contar historias: un alarde es lo opuesto a un relato. Cualquier historia, por afable que sea, tiene que ser valiente, y los poderosos de hoy viven con nerviosismo.
     Una narración remite la vida a un juez alternativo o más concluyente, que está lejos. Tal vez ese juez se sitúe en el futuro, o en un pasado pendiente, o quizá en otro lugar, tras de la loma, donde el sino del día cambió (los pobres tienen que referirse con frecuencia a la buena o mala suerte) y donde los últimos son ya los primeros.
     El tiempo de los relatos (el tiempo dentro de la narración) no es lineal. Los vivos y los muertos se reúnen como oyentes y jueces dentro de este tiempo: mientras más hagan sentir su presencia ahí, lo narrado se vuelve más íntimo para quien escucha. Los relatos son una manera de compartir la convicción de que la justicia es inminente. Apelando a tal convicción, los niños, las mujeres y los hombres lucharán con ferocidad sorprendente llegado el momento. Es por eso que los tiranos temen el acto de narrar: de alguna manera, todas las historias aluden a la historia de su caída.
     “Adondequiera que iba, bastaba que prometiera contar alguna historia, y la gente le permitía quedarse por la noche: un relato es más fuerte que un zar. Pero ocurría algo: si comenzaba a contar historias antes de la cena, nadie sentía hambre y no le daban de comer. Por eso, primero que nada, el viejo soldado pedía un tazón de sopa.”

6
     Las peores crueldades de la vida son sus injusticias asesinas. Casi todas las promesas están rotas. La aceptación que muestran los pobres ante la adversidad no es ni pasiva ni resignada. Es una aceptación que atisba tras la adversidad y descubre algo innombrable. No es una promesa, porque (casi todas) las promesas se rompen; es más bien una especie de corchete, de paréntesis en el flujo irremisible de la historia. La suma total de estos paréntesis es la eternidad.
     Esto puede plantearse desde otro lado: en esta tierra no existe la felicidad sin anhelo de justicia.
     La felicidad no es una búsqueda, uno se topa con ella, es un encuentro. Casi todos los encuentros, sin embargo, tienen una secuela; ésta es su promesa. El encuentro con la felicidad no tiene secuela. Todo está ahí, al instante. La felicidad perfora las penurias.
     “Pensábamos que no había nada más en este mundo, que todo había desaparecido hace mucho. Y si fuéramos los últimos, ¿para qué seguir viviendo?
     Fuimos a ver, dijo Allah. ¿Había alguna otra persona por ahí? Queríamos saber.
     Chagataev los comprendió y preguntó si esto significaba que estaban convencidos de la vida y que ya no insistirían en morir.
     Morirse no tiene caso, dijo Cherkezov. Morir una vez, bueno, puede uno pensar que es útil y necesario. Pero morir sólo una vez no te hace entender tu propia felicidad -y nadie tiene la oportunidad de morir dos veces. Así que morir no te lleva a ningún lado.”

7
     “Mientras los ricos bebían té y comían cordero, los pobres estaban a la espera de algún calorcito, y de que las plantas crecieran.
     La diferencia entre las estaciones del año, la diferencia entre el día y la noche, el sol y la lluvia, son vitales. Es turbulento el flujo del tiempo. La turbulencia hace que los tiempos de vida se acorten -de hecho y subjetivamente. La duración es breve. Nada se prolonga. Esto es una plegaria, pero también un lamento.
     La madre lamentaba haber muerto y haber forzado a sus hijos a llorar por ella; si hubiera podido, habría seguido viviendo por siempre para que nadie sufriera por su causa, para que nadie desgastara, por su culpa, el corazón y el cuerpo que ella les diera al nacer... pero la madre no había podido aguantar la vida por mucho tiempo.”
     La muerte ocurre cuando la vida no tiene ya un solo jirón que defender.

8
     “…era como si estuviera sola en el mundo, liberada de la felicidad y el sufrimiento, y quiso bailar un poco, de inmediato, y oír música, y tomarse de la mano con otras personas...”.
     Los pobres están acostumbrados a vivir en proximidad cercana unos con otros, y esto crea su propio sentido espacial; el espacio no es tanto un vacío sino un intercambio. Cuando la gente vive apiñada, cualquier acción que alguien emprenda tiene repercusiones sobre los demás. Repercusiones físicas inmediatas. Todos los niños aprenden esto.
     Hay entonces una incesante negociación espacial que puede ser cruel o considerada, conciliadora o dominante, espontánea o calculada, pero que reconoce que un intercambio no es algo abstracto sino un acomodo físico. Sus elaborados signos o gestos de lenguaje son una expresión de ese compartir físico. Fuera de los muros colaborar es tan natural como luchar; las bribonadas son frecuentes, pero la intriga, que implica tomar distancia, es algo raro.
     La palabra privado tiene una resonancia totalmente diferente de ambos lados del muro. De un lado denota propiedad; del otro, reconocer la necesidad temporal de alguien, de que lo dejen a solas por un rato. Dentro de los muros todo sitio es rentable -cada metro cuadrado cuenta. Fuera, como todo lugar corre el riesgo de volverse ruina, vale cualquier rincón de refugio.
     El espacio de las opciones es también limitado. Los pobres escogen tanto como los ricos, tal vez más porque cada decisión es más tajante. No existen catálogos de colores que ofrezcan alternativas entre 170 matices diferentes. La opción está cerrada entre esto o aquello. Con frecuencia esto se hace vehementemente, porque entraña la negación de lo que no se escogió. Cada decisión es muy cercana al sacrificio. Y la suma de decisiones es el destino de una persona.

9
     De aquel lado de los muros no se otorgan seguros, no se dan garantías, sin desarrollo (la palabra se escribe con D mayúscula, como artículo de fe, muros adentro) no hay seguridad. No existe un futuro abierto ni asegurado. El futuro no se aguarda. Y no obstante, hay continuidad; cada generación se vincula con otra. Es por eso que hay un respeto hacia la edad de las personas, pues los viejos son la prueba de esta continuidad -o incluso la demostración de que hubo un tiempo, hace mucho, en que existía el futuro. Los niños son el futuro. El futuro es la lucha incesante por ver que tengan suficiente para comer y la posibilidad azarosa de aprender, con la educación, algo que los padres nunca aprendieron.
     “Cuando terminaron de hablar, extendieron sus brazos mutuamente. Quisieron ser felices de inmediato, ahora, sin esperar a que su futuro y celoso trabajo les trajera una felicidad general o personal. El corazón no admite demoras, enferma, como si no fuera posible creer en nada.”
     Aquí, el único regalo del futuro es el deseo. El futuro induce el brote del deseo en sí mismo. Los jóvenes son más flagrantes en su juventud que dentro de los muros. Este regalo es como un don de la naturaleza en toda su urgencia y suprema reafirmación. Las leyes de la comunidad y de lo religioso siguen vigentes. De hecho, en medio del caos, más aparente que real, estas leyes se vuelven reales. Y con todo, el silencioso deseo de procreación es incontrovertible y avasallador. Es el mismo deseo que buscará comida para los niños y luego buscará, tarde o temprano (mientras más pronto, menor) el consuelo de fornicar de nuevo. Este es el regalo del futuro.

10
     Las multitudes tienen respuestas a preguntas que nadie ha formulado aún, y la capacidad de sobrevivir a los muros.
     Las preguntas aún no se han planteado porque hacerlo requiere palabras y conceptos que resuenen con la verdad, y los que se utilizan actualmente han quedado vacíos: Democracia, Libertad, Productividad, etcétera.
     Con nuevos conceptos pronto se propondrán las preguntas, porque la historia entraña precisamente un proceso de cuestionamiento. ¿Pronto? En el lapso de una generación.
     Entretanto, las respuestas abundan en los múltiples ingenios de las multitudes para ir tirando, en su rechazo a las fronteras, en su búsqueda de agujeros en los muros, en su adoración por los niños, en su premura cuando es necesario ser mártires, en su creencia de una continuidad, en su reconocimiento recurrente de que los dones de la vida son pequeños y no tienen precio.
     Esta noche, sigan con un dedo la línea de su pelo (de ella, o de él) antes de dormir.


En: Con la esperanza entre los dientes, Alfaguara, 2011. Traducción de Ramón Vera Herrera. Todo lo encomillado es de Soul, y otros textos de Andréi Platónov.
John Berger (Londres, Inglaterra,  5 de noviembre de1926 – París, Francia, 2 de enero de 2017). Foto: Jmp