viernes, 26 de mayo de 2017

Juan Gelman, Lo que es en cualquier parte y nunca avisa


¿Y


     si la poesía fuera un olvido del perro que te mordió la sangre/una delicia falsa/una fuga en mí mayor/un invento de lo que nunca se podrá decir? ¿Y si fuera la negación de la calle/la bosta de un caballo/el suicidio de los ojos agudos? ¿Y si fuera lo que es en cualquier parte y nunca avisa? ¿Y si fuera?


En: Hoy (Ciudad de México, 2011-2012), Seix Barral, primera edición mayo de  2013.
Juan Gelman (Buenos Aires, 3 de mayo de 1930 – Ciudad de México, 14 de enero de 2014). Foto: Jmp.
Siempre leo a Juan. Y los motivos son diversos. Hoy saco uno de sus libros, Hoy, de la biblioteca. Y veo en la primera página, anotado con lápiz, que son 287 poemas numerados y un poema final llamado “¿Y”. Junto a este último poema hay un pequeño recorte de diario del jueves 26 de abril de 2007, titulado Encuentro con Juan Gelman. Y en la imagen se lo ve a Juan junto a Cristina. Se miran a los ojos. Se toman la mano. Hoy, en este día, en el libro de poemas, para el no al olvido, para que la vida amorosa del otoño tenga hojas que no se caen. 

miércoles, 24 de mayo de 2017

Juan Gelman, En la memoria hay palabras que no se pueden decir


MOSTRAR

     En la memoria hay palabras que no se pueden decir. Duran, y hacen mal y hacen bien, como un caballo loco. Correr por esos campos sin tapar los ojos del recuerdo para que se detenga. Respetar el deseo que no fue. Contestarse con nada y mostrar valor ante el desastre.


VIAJES

     La poesía tiene aceites para limpiar la palabra. Es más grasosa que la vida y deja manchas que llevamos sin merecer. Quema. Es movimiento de su obra y devuelve el pasado a su pasado.


EL ATADO

     Escribir sin contar es como vivir sin vida. Las palabras serán inocentes, pero no su relación. El contador traza una columna del “debe” y otra del “haber” y en la última anota los silencios que supo conseguir. Con las caras de una palabra quisiera hacer piedras y mirarlas todas hasta el fin de mis días. Esas caras siempre tienen otras fugitivas de la boca. Morder la piedra, entonces, es la tarea del poeta, hasta que sangren las encías de la noche. En esa noche navegará sin rumbo fijo, desconfiado de todo, en especial de sí, mirando espejos que cantan como sirenas que no existen. El poeta se atará al palo mayor de su ignorancia para no caer en sí mismo, sino en otro país de aventura mayor, muerto de miedo y vivo de esperanza. Sólo el dolor lo unirá muertovivo al vacío lleno de rostros y verá que ninguno es el suyo. Y todos serán libres.


En: Valer la pena (México, 1996-2000), Seix Barral, 2001.
Juan Gelman (Buenos Aires, 3 de mayo de 1930 – Ciudad de México, 14 de enero de 2014). Foto: Jmp.

lunes, 22 de mayo de 2017

Enrique Lihn, Un primer verso que pone al poema en movimiento como por obra de magia


ESTACIÓN TERMINAL

Ésta será ya lo veo tu última imagen: 
nuestra despedida en el poema en la estación terminal. 
No sé por dónde empezarla para que no se me escape nada,
y las gentes las cosas apelotonadas aquí tienen algo de agobiadoramente comparable a los restos que se enfrían 
frases enteras o adjetivos de una pequeña obra maestra 
sobre la cual pesara, hasta perderla, esta impaciencia, 
nuestro cansancio mi inarticulación la ferocidad del egoísmo 
por el cual cuando me empiezan a doler los pies prefiero la cama a cualquier otra cosa incluyendo a la poesía que voy a decirlo todo esta noche eres tú, 
y, entretanto, no insistas en que un gordinflón de cuarenta años 
duerma apoyado en tu hombro, para retenerlo otro poco. 
A la estación le sobran escenas como éstas, 
la cara triste de la revolución 
que me sonría por la tuya 
con algo de una máscara de hojas de tabaco pequeña obra maestra de la noche te improvisas 
una moral una paciencia y hasta lo que llamas tu amor, nada podría de todo eso 
brotar en esta tierra caliente removida por los huracanes 
sobre la que pasa y repasa este mundo con sus pies, 
y se acumulan los restos a la espera de mis adjetivos, obscenos bultos un mar de papeles, etc., 
algo, en fin, como para renunciar a este tipo de viajes. 
Me parece llegar a la edad más ingrata, 
me parece recordar el momento presente: 
no eres tú la muchacha que conocí hace un año 
ni te marchaste en circunstancias que prefiero olvidar. 
Por el contrario, ¿no hicimos el amor? 
Una y mil veces, se diría, y para el caso es lo mismo: 
te reemplazaron hasta en eso como una sombra borrara a otra, 
y tu virginidad: el colmo del absurdo 
no te defiende ahora de parecer agotada. 
En realidad recuerdo que nos despedimos aquí, 
pero no puedo precisar, con este sueño, cómo ocurrió la despedida, 
en qué sentido tus manos me revuelven el pelo 
y yo arrastro tu equipaje una caja de latón 
o me insinúas que te regale un pullover. 
A los ojos de la gente que no distingo de mis ojos 
sino para mirarles desde una especie de ultratumba 
somos una pareja un poco desafiante 
y acostumbrada a esto en su Estación Terminal 
un blanco y una negra 
contra la que, en cualquier momento, alguien arroja una sonrisa estúpida 
el comienzo de una pedrada.
La cara triste de la revolución 
y yo la tomo entre mis manos de egoísta consumado.  
Tanto como los párpados me pesan quienes se sientan en el suelo 
a esperar una guagua hasta la hora del juicio 
en que el viejo carcamal logra ponerse en movimiento 
y los riegue lentamente por el interior de la República. 
Tu última imagen quizá con tus yollitos en el pelo, 
esta falta de sentimientos profundos en que me encuentro 
parecida a la pobreza por la que en cambio tú 
no sientes nada o bien una despreocupada afinidad, 
la risa de juntar unos medios con tus alumnos, 
el espejo que se guarda debajo de la almohada para soñar con quién se quiera 
y tus visitas a la abandonada 
que por penas de amor se llena de hijos. 
Ya no estoy en edad de soportarme en este trance 
ni los bolsillos vacíos ni la efusión sentimental son cosas de mi agrado, 
hasta leyendo mis propios versos más o menos románticos bostezo 
y se me dormiría la mano si tuviera que escribirlos. 
Cuántos años aquí, pero, en fin, tú eres joven: 
“de otro, serás de otro como antes de mis besos”. 
Yo prefiero al lirismo la observación exacta 
el problema de lengua que me planteas y que no logro resolver te escribiré. 
La Estación Terminal un libro abierto perezosamente en que las frases ondulan 
como si mis ojos fueran un paraje de turistas desacostumbrados a estos inconvenientes, 
nada que se parezca a una mancha gloriosa, 
ya lo dije, de vez en cuando, una observación estúpida: 
piedrecillas que se desprenden de este yacimiento humano, 
incongruentes, con el saludo de Ho Chi Min transmitido por los altoparlantes institutrices de esas que no dejan en paz a los niños a ninguna hora de la noche, 
y sin embargo, tú duermes con tranquilidad 
capaz de todas las consignas, pero con una reserva al buen humor 
quizá la clave de todo esto 
un primer verso que pone al poema en movimiento como por obra de magia. 

La Habana, Cuba, 1968


RECUERDOS DE MATRIMONIO

Buscábamos un subsuelo donde vivir, cualquier lugar que no fuera una casa de huéspedes. El paraíso perdido
tomaba ahora su verdadero aspecto: uno de esos pequeños departamentos
que se arriendan por un precio todavía razonable
pero a las seis de la mañana. "Ayer no más lo tomó un matrimonio joven".
Mientras íbamos y veníamos en la oscuridad en direcciones capciosas.
El hombre es un lobo para el hombre y el lobo una dueña de casa de pensión
con los dientes cariados, húmeda en las axilas, dudosamente viuda.
Y allí donde el periódico nos invitaba a vivir se alzaba un abismo de tres pisos:
Un nuevo foco de corrupción conyugal.

Mientras íbamos y veníamos en la oscuridad, más distantes el uno del otro a cada paso
ellos ya no estaban allí, estableciendo su nido sobre una base sólida,
ganándose la simpatía del conserje, tan hosco con los extraños como ansioso de inspirarles gratitud filial.
"No se les habrá escapado nada. Seguramente el nuevo ascensorista recibió una propina".
"La pareja ideal". A la hora justa. En el momento oportuno.
De ellos, los invisibles, sólo alcanzábamos a sentir su futura presencia en el cuarto vacío:
nuestras sombras tomadas de la mano entre los primeros brotes de sol en el parquet.
Un remanso de luz blanca nupcial.

"Pueden verlo, si quieren
pero han llegado tarde".
Se nos haría tarde.
Se hacía tarde en todo.
Para siempre.



En: Nueva poesía de América, CEAL, 1970.
Enrique Lihn Carrasco (Santiago, Chile, 3 de septiembre de 1929 – 10 de julio de 1988). Foto: Jmp.

Vladimir Maiakovski, Soy poeta, y esperaba el futuro


AMOR


Tal vez,
          quizá,
                  alguna vez,
por el camino de una alameda del zoológico,
entrará también ella.
Ella,
     ella también amaba a los animales,
y sonriendo llegará,
                           así como está,
                                               en la foto de la mesa.
Ella es tan hermosa,
a ella con seguridad la resucitarán.
Vuestro siglo XXX
                          vencerá,
al corazón destrozado por las pequeñeces.
Ahora,
          trataremos de terminar,
todo lo que no hemos podido amar en la vida,
en innumerables noches estrelladas.
¡Resucitadme,
                     aunque más no sea,
                                                 porque soy poeta,
y esperaba el futuro,
luchando contra las mezquindades de la vida cotidiana!
¡Resucitadme,
                     aunque más no sea por eso!
¡Resucitadme!
                     Quiero acabar de vivir lo mío,
                                                                mi vida
para que no exista un amor sirviente,
ni matrimonios, sucios,
                         sucios,
                                  concupiscentes,
Maldiciendo la cama,
                               dejando el sofá,
alzaré por el mundo,
                              un amor universal.
Para que el día,
                       que el dolor degrada,
cambie,
y no implorar más,
                            mendigando,
y al primer llamado:
                              ¡Camarada!
se dé vuelta toda la tierra.
Para no vivir,
sacrificándose por una casa, por un agujero.
Para que la familia,
                             desde hoy,
                                             cambie,
el padre,
             sea por lo menos el universo,
y la madre
                 sea por lo menos la Tierra.




Traducción de Lila Guerrero. En: Antología de la poesía universal, CEAL, 1978.
Vladimir Maiakovski (Rusia, 19 de julio de 1893 – 14 de abril de 1930). Foto: Jmp. 

domingo, 21 de mayo de 2017

Moris, Un día me iré, no sé adónde



DE AQUÍ, ADÓNDE IRÉ

(Sha da da da da)

¿De aquí, adónde iré?
¿Qué amigos tendré, mañana?

¿Qué noches vendrán,
en tu amanecer de un día?

Mis hijos vendrán
y también se irán.  
(Es la vida...).

¿De aquí, adónde iré?
¿Qué vueltas daré, tan solo?

También moriré,
un día me iré, no sé adónde.

Ir más allá, y me esperará
tan poco.

La vida esperó
un tiempo de más.

Después recogió sus alas
y voló.

(Otra vez, sí, a la humanidad
y los hombres).

"¿De aquí, adónde iré?”,
pregunta un niño (y lo supe).

Vencerás sin fin,
te irás alegre y tendrás dolores.

Esperar a Dios,
la eternidad azul,

la vida sin fin,
las caras que amé,

los hijos que di
y mi vieja amada,

por siempre.

(Sha da da da da)



     En elepé Ciudad de guitarras callejeras, editado en 1974. Tema 6, lado 2. Leemos en contratapa del disco: “Aquí Moris expresa su visión particular del destino del hombre. Su vida aquí y ahora y el infinito que se extiende detrás de la mente. La vida y la voz elevándose alada hacia regiones intocadas.”
     Moris (voz, guitarra y coros). Litto Nebbia (bajo), Ciro Fogliatta (piano), Daniel Russo (bajo y piano), Ricardo Santillán (batería), Corre López (batería), Ricardo Jelice (bajo), Víctor Gómez y Rubén Parra (coros), Lalo Fransen (tumbadoras). Dirección de cuerdas: Rodolfo Alchourron. Producción: Horacio “Gordo” Martínez.
Mauricio “Moris” Biravent (Buenos Aires, 19 de noviembre de 1942). Fotos: Jmp.

domingo, 7 de mayo de 2017

Moris, Pensando en salvarme para volver a enterrarme



MUCHACHO DEL TALLER Y LA OFICINA

1, 2, 3, 4

Eh, muchacho del taller y la oficina,
ésta canción, ésta canción es para ti.
Está llegando ahora, en el éter de la radio,
brilla afuera el sol de la ciudad.
Aunque muchos te usan, muchos te escupen,
muchos te usarán...

Encerrado entre máquinas de hierro,
arrojado ahora en tu cárcel de hollín.
Y tu ídolo recostado en la pileta,
te regala la alegría de vivir.
Aunque muchos te usan, muchos te escupen,
muchos te usarán…

Eh, muchacho del taller y la oficina,
toma tu café de la obra social.
Escucha la canción de la libertad,
ahora que tu jefe te está por llamar.
Ve a mirarte al espejo,
ver tu cara de viejo,
tan orgullosa, asustada de nada.

Estoy creando ahora, en la puerta de la fábrica.
Estoy viviendo tu vida y la mía.
¿Dónde está… el albañil sonriente?
¿Dónde está… la mujer esperando?
¿Dónde está el río podrido,
el girasol solitario,
dónde está la brutalidad?


1, 2, 3

En el asfalto de enero,
comprando churros de acero,
pero estoy viendo como las luces se apagan
y nos aplasta la guerra.

Estoy viendo campos de concentración forzada,
muchachos de veinte años sirviendo a la casta armada.

Estoy pensando en salvarme para volver a enterrarme.
Estoy pensando en salvarme para volver a enterrarme.

Eh, muchacho, estoy en la calle cantando,
no me ves que estoy ahora cantando,
está como lloviznando en Hurlingham, oh.

Muchacho, no me ves en la calle cantando,
ando parando y mirando,
ando subiendo a los trenes
que tienen que llevarme
muy pronto hasta Luján.

Eh, muchacho, estoy en la calle cantando,
no me ves que estoy ahora cantando, ahora,
ahora mismo cantando, pateando botellas de plástico,
aspirando humo de camiones y chimeneas.

Estoy en José León Suarez,
hay volcadores y camiones Petinari.
Mujeres rojas salen de los bares.  
Ferrocarriles transportando pueblos con calor.

Estoy en José León Suarez,
hay volcadores y camiones Petinari.  
Ferrocarriles transportando pueblos con calor… 



     En elepé Ciudad de guitarras callejeras, editado en 1974. Tema 3, lado 1. Leemos en contratapa del disco: “Compuesto íntegramente en las proximidades de la ruta 8, ésta canción es la más larga del LP, y posee dos movimientos en su estructura musical. En la primera parte, es el cantante que le habla al muchacho de su propia vida, de la fábrica y el trabajo, y en la segunda parte, aparecen los sentimientos privados del compositor y sus visiones particulares. Una verdadera canción de los caminos.”
     Moris (voz, guitarra y coros). Litto Nebbia (bajo), Ciro Fogliatta (piano), Daniel Russo (bajo y piano), Ricardo Santillán (batería), Corre López (batería), Ricardo Jelice (bajo), Víctor Gómez y Rubén Parra (coros), Lalo Fransen (tumbadoras). Dirección de cuerdas: Rodolfo Alchourron. Producción: Horacio “Gordo” Martínez.
Mauricio “Moris” Biravent (Buenos Aires, 19 de noviembre de 1942). Fotos en espejo: Jmp.

sábado, 29 de abril de 2017

Raúl Gustavo Aguirre, Mientras ofrecía su mate chatito


JUAN L. ORTIZ FUE DETENIDO

     Dos camionetas policiales con diez hombres armados fueron en busca del poeta.
     Le revisaron la casa. "Tenemos orden de detenerlo por perturbador", explicaron.
    
Ustedes son quienes perturban contestó Juan Les pagamos para que cuiden nuestra tranquilidad y ustedes hacen todo lo contrario. Me dan lástima.
     En la cárcel tuvo visitas. Un ministro de la Intervención. Amigos, vecinos humildes del puro, grande y humilde poeta.
    
¿Cómo está, Juan?
    
Y... aquí me ve contestaba sencillamente, mientras ofrecía su mate chatito, ese mate famoso que debe tener, como él, su ponchada de años.
     De noche, trabajó en la traducción de un joven poeta griego "Para Poesía Buenos Aires", comentó.
     Queremos que Juan L. nos mande esa traducción. Que nos mande también su abrazo, su manera de vivir, su rostro de hombre. Y también su perdón para los que se callaron la boca. Y para los que metieron en la cárcel su alma, sus colinas, su perro ya difunto, su corbatín, su río, y el cielo de su patria.


De revista Poesía Buenos Aires, nº 25, 1957. En Poesía Buenos Aires (1950-1960), Antología Íntima, Rodolfo Alonso, selección, prólogo y notas, Ediciones del Dock, 2010.
Raúl Gustavo Aguirre (Buenos Aires, 2 de enero de 1927 – 18 de enero de 1983). Foto: Jmp

viernes, 28 de abril de 2017

Baldomero Fernández Moreno, Es más fácil torcer el curso de un río que el de un verso


LA MARIPOSA Y LA VIGA

AIRE AFORÍSTICO

¿A qué otra cosa mejor que al paisaje, como el sol y la niebla, podría enredarse la poesía?

Al lado de cada grillo que canta se va formando un montoncito de oro, cernido, delicadísimo.

Algo aleteaba en el alambrado. Creí que era un pájaro. Era un harapo.

Ante la poesía, tanto da temblar como comprender.

Aquel poste del teléfono, caído al borde del camino, era una cruz que estaba esperando que alguien cargara con ella.

Aquella mujer procedía como los terremotos: ondulatoriamente.

Aun en plena tormenta los pájaros dan la sensación de que están construyendo nidos.

Aunque una jaula sea del tamaño del espacio, siempre será una jaula.

Cada estrella cobija el sueño de un pájaro.

Cada vez que el escritor se enoja con su mujer, se pone a arreglar la biblioteca.

Creemos vivir en la punta acabada del tiempo, en la punta definitiva del tiempo.

Cuando un rumor toma cuerpo no hay quién le gane en garbo.

¡Cuánto rocío! Exclamó un niño. Y era un charco.

Da una limosna si quieres; pero, por Dios, que no se te caiga la moneda al suelo.

Dentro de poco la ciudad será una vasta y uniforme llamarada de avisos. Habrá que inventar entonces el aviso que se vea menos.

Después de las películas en que llueve, habría que retorcer la tela y tenderla al sol.

Detrás de cada letra china podría abrirse cómodamente un jardín.

El cine va siendo tan necesario, si no como el pan, por lo menos como el postre.

El escritor no debe romper nada, ni el más insignificante apunte. En casa del literato debe estar abolida la pena de muerte. Años de reclusión y, hasta cadena perpetua, sí.

El fagot asoma, detrás del atril, su largo caño de escopeta furtiva.

El genio es una larga paciencia y una súbita impaciencia.

El hombre se conforma a veces con ponerle un rótulo a sus aspiraciones, ya que no puede realizarlas.

El mate atrae misteriosamente las lágrimas de los tristes.

El papel carbónico es la sombra hecha pliegues y puesta a la venta.

El poeta canta hasta el final, como el cirio alumbra mientras le quede un aro de cera alrededor.

El poeta, como el cazador pobre, a los que salga.

El poeta es un pensador con una flor en la mano.

El “Romancero Gitano” de García Lorca: un cañaveral reseco y ardiendo.

El siglo XX se enamoró del garbo de la M para sus tres poetas: Mendoza, Mena y Manrique.

El Virreinato del Río de la Plata era un canastillo de oro con cuatro manzanas de plata.

En el aire hay una eterna e inexplicable confabulación contra la poesía.

En el principio eran las especias, dice Stefan Zweig. En el principio eran los paladares.

En realidad, ninguna cita de amor ha fracasado nunca.

Enrique Larreta ha conseguido hacer, al firmar, algo así como la empuñadura de una espada con la inicial de su nombre.

Era rubia, dorada, decorativa, pomposa como un arpa.

Envejeció como los periódicos: de un día para el otro.

Era tan poca cosa aquel poste de teléfono que hacía un esfuerzo visible para sostener, además de los aisladores, un nido de horneros.

Es más fácil torcer el curso de un río que el de un verso.

Es más importante, a veces, detener un beso que un alud.

Gabriel y Galán es un puñado de hierba fresca. Antonio Machado la rosa centuplicada.

Galopar en el desierto es como galopar en sueños. El verdadero galope debe estar acompañado de estruendo.

Habría que tender una mano, en el aire, a la hoja seca que cae.

Hay demasiadas estrellas en el cielo. Hay demasiadas arenas en el mar. Hay demasiadas consonantes en el Diccionario de la Rima.

Hay dos modos de envejecer: como el olivo o como el sauce.

Hay libros de versos tan dulzones y pegajosos, que habría que venderlos con guantes de punto, como los merengues.

Hay pesadillas que se prolongan más allá del sueño, que se adhieren a uno como una sábana húmeda.

Hay plumas que crujen al escribir como si quisieran proclamar el secreto que se les está confiando.

Hay que ver a lo que llaman azar algunos críticos cuando dicen: “Si abrimos al azar este libro”…Y siempre dan de bruces en lo peor.

Hay tranvías que esperan solapadamente la noche para hacer todo el escándalo posible.

Jimena, Melibea, Dulcinea, Dorotea, se contestan a través de la literatura castellana, con la blanda asonancia de sus nombres.

José Mármol atraviesa la noche literaria argentina como un fantasma blanco y helado.

La adulación, como el engrudo, siempre chorrea.

La biblioteca, o es una cosa viva o no es nada. Habría que repasar los índices, por lo mens, todos los lunes.

La cabecita del ratón Mickey es igual al bonete de Doctor en Derecho de Rabelais.

La cara de Larra parecía invadida, roída, como por un musgo verdinegro de tumba vieja.

La distancia es una especie de posteridad.

La eternidad es un río de ébano con estrellas de oro.

La hiedra protege, defiende y aísla mejor que el granito.

La historia todo lo embalsama y lo petrifica: no podemos imaginar a Godofredo de Bouillon oyendo el canto de un ruiseñor.

La inspiración, la parte más aguda de la inspiración, habría que pasarla bien arropado y en cama.

La lámina de agua de la fuentecilla del monumento a Sáenz Peña es rectangular y flexible como una hoja de afeitar.

La mariposa es un librito que ha quedado reducido a las tapas.

La poesía es eso que flota sobre la pradera vaporosa de sol y mariposas. Pero se nos escapa y nos contentamos con recoger del suelo algunas hojas, algunas ramas secas.

La vejez es ese cansancio que no se nos quita al día siguiente, como creíamos ingenuamente al acostarnos.

Las dedicatorias, como los apretones de mano, breves y secas.

Las rimas no se dividen en ricas y pobres, como dicen los manuales, sino en dignas e indignas, como las personas.

Las últimas correcciones hay que hacerlas de pie, como a pincelazos.

Lo grotesco y lo trágico: un borracho haciendo eses, con una pata de palo, de noche, en una callejuela.

Lo menos que se puede pedir a un libro de versos es que se parezca a una aldea próspera: una torre erguida y un caserío rumoroso alrededor.

Los araucanos hicieron flautas con los huesos de Valdivia. Pero no les valió de nada, porque el conquistador les había arrancado previamente las orejas.

Los omóplatos de Greta Garbo nadan por su espalda como los delfines por el mar.

Los personajes de W. H. Hudson parecen enmascarados.

Los pieles rojas se pondrán una pluma en cualquier parte, menos detrás de la oreja, que es lo cásico.

Los ruiseñores quieren metáforas; la humanidad, parábolas.

Mariano Moreno murió en alta mar. En muy alta mar.

Nada como el pulgar y el índice para pulverizar un granito de sal o de fama.

Nada más certero que una bala perdida.

Nada se agarra más a un clavo ardiendo que la poesía.

No es que haya hijos favoritos: es que cada uno exige una diferente clase de ternura.

Para facilitar el tránsito habría que prohibir andar por la calle a los gordos, a los tontos y a los poetas.

Para puntería, Ponce de León: buscaba la Fuente de la Juventud y dió con una flecha envenenada.

Para todo requiere uno la cama: para morir y para dar con el epíteto.

Parece mentira que el pavo real pertenezca al orden de las gallináceas.

Parece mentira que sean los mismos hombres los que han inventado los diminutivos y la pena de muerte.

¡Qué gracia haber escrito “Las Mil y una Noches” con la cabeza rodeada por un turbante de seda, de pluma y de pedrería!

“Rumor de besos y batir de alas”. Mi querido Bécquer, los besos no suenan.

Según el último censo, la población de Buenos Aires alcanza a 2.338.645 habitantes. Menos mal. Puede ser que ahora se venda un libro más.

Si Jorge Manrique hubiera sido pelirrojo –el padre lo era- toda una estética se vendría abajo.

Toda la habilidad de un beso, más que en llegar a unos labios, estriba en saber retirarse de ellos.

Todo es anécdota: anécdota intelectual, aérea, creacionista, o anécdota de pan y queso. La poesía viene o no viene después.

Un perramus manoseado, con cuello y doble cuello y cinturón, es el traje más apropiado para ocultar la tristeza, la desesperación y la locura.

Un poeta nacional es un poeta universal que se ha ensañado con su país.

Una conversación equivale a borronear un par de cuartillas.

Unos versos que manuscritos no valen nada, parecen algo en una revista y hasta excelentes en las páginas de un libro impreso en Maestricht, por ejemplo.

¡Y pensar que Garcilaso murió a pedradas como un perro rabioso!

Ya iba a estrellarse la golondrina contra el muro, cuando éste improvisó un agujerito, por el que se perdió.

Ya que has de dejar propina, dala en la bandeja, para que resuene y parezca más.


AIRE CONFICENCIAL

Acabaré por quedarme a solas con mis erratas.

Algunos poetas me recuerdan a los trenes del puerto: o parados o en maniobras.

Antes, para soñar, apagaba la luz. Ahora lo hago con la lámpara encendida y hasta con los anteojos puestos.

Bartolomé Díaz llegó al cabo de Buena Esperanza en 1486. Cuatrocientos años después nacía yo en Buenos Aires.

Cada vez que abro el falso Quijote siento remordimientos. Me parece que algo le duele a don Miguel.

Creeré, cuando esté por morirme, que eso es sólo hasta el día siguiente.

Dadme un punto de apoyo y me echaré a dormir.

Estar un poco mal, un poco enfermo, me es más llevadero que estar demasiado bien.

Felizmente, hasta ahora, sólo he escrito sin pensar, casi con los dos dedos. Los versos se me escapan de entre ellos como hilillos de agua entre raíces.

Francamente, de lo que más me gusta hablar es del tiempo: desde el rocío hasta la eternidad.

Hay días en que pierdo la letra como otros pierden la voz.

Los asuntos más importantes del mundo los he oído tratar en las plataformas de ómnibus y tranvías.

Los autores de novelas de policía pueden contar con mi simpleza hasta la última palabra. Y aun más allá del Fin.

Me gustaría una novela argentina que empezara así: Daban las veinticuatro en la torre del Concejo Deliberante, cuando…

Me he hecho maestro en hacer picadillo mis borradores y darlos al viento.

Me paso la mitad de la vida juntando papeles sin importancia y la otra mitad tratando de deshacerme de ellos.

Mientras estoy leyendo a Homero, me está esperando un Manualillo de Cerrajería Práctica.

Mis propinas suelen ser generosas. Retribuyo el café y la meditación.

Nada me excita más, oh Heine, que una taza de tilo.

Ni yo ni mi estilográfica andamos bien al principio. Hemos de trotar unos cuantos renglones antes de entrar en calor.

No quiero vivir ni desaparecer. Lo que quiero es refugiarme en un tapiz.

¿Qué poema mío me gusta más? Ese que llevo a medias en la memoria y en el bolsillo.

Quiero ser poeta entre los hombres, no entre los ángeles.

Tengo que seguir escribiendo: hay que justificar la infancia.

Ya creo en todo, hasta en las dedicatorias.


70 AÑOS DE LA PRIMERA EDICIÓN DE LA MARIPOSA Y LA VIGA
Se cumplen 70 años de la primera edición de La mariposa y la viga. La observación instantánea, fotográfica, en textos brevísimos, agrupados en dos series: Aire aforístico y Aire confidencial. Escribe Baldomero en el “Prologuillo”: “Aforismos, aire de aforismos. Confidencias, aire de confidencias, para mayor vaguedad. Ocurrióseme aquél en una siesta, en una estancia, soledad y mugidos. Estaba yo boca arriba en la cama sin poder dormir cuando… vi una mariposa parda, vulgar, que movía sus alas recién venidas del sol. Allí estaba contrastando su levedad palpitante con la viga ponderosa y mal labrada. El madero parecía asumir todo el peso de la materia y de la vida ante el insecto insignificante, pero elegantísimo, lleno de belleza. Y me acordé del verso de Darío: Divina Psiquis, dulce mariposa invisible.”
En: La mariposa y la viga, Editora y Distribuidora del Plata, Buenos Aires, primera edición, abril de 1947.
Baldomero Fernández Moreno (San Telmo, Buenos Aires, 15 de noviembre de 1886 – 7 de junio de1950). Foto y selección de textos: Jmp. 

domingo, 23 de abril de 2017

Alberto Szpunberg, Desde la cima del cometa ella observa cómo los buitres reiteran la tragedia



"Quien no se mueve no sabe que está
encadenado".
Rosa Luxemburgo.


1.
Todo empezó la noche del 20 del 9 del 69:
desde puntos muy dispares de la estepa,
más que dispares, contradictorios, dialécticos,
los astrónomos Churyúmov y Guerasimenko,
de la Academia de Ciencias de la URSS,
descubrieron un mismo eje de fuego que agitaba
de un extremo a otro un cuerpo celestial.
Éste, restallante en la vastedad del infinito,
apetecible por las noches que evocaba,
se volvió cometa de un reguero de ambiciones,
pasión extrema debidamente controlada
por arengas patrióticas y cósmicas medallas.


2.
Cometa ni siquiera imaginado hasta ese instante,
pasó a llamarse Churyúmov-Guerasimenko,
Churyúmov, por él, y Guerasimenko, por ella,
dicho y dicha de no creerse pero decirse amados.
Dotado de acantilados de 1 km de altura,
el Churyúmov-Guerasimenko entró a girar
en la órbita de los mármoles más exaltados,
obras completas, enciclopedias, mausoleos
y ritual de masas tan doméstico como vasto.


4.
Sintiéndose observada por poderosos telescopios,
lentes de esas que escudriñan hasta el alma,
la habitante del cometa Churyúmov–Guerasimenko
no se acostumbró sino que, mejor dicho, acostumbrose 
a ser aire en el aire, hoja ligera al pie de los bosques,
lluvia en los ocres, silencio de cadencias íntimas,
y aprendió a no pensar nunca en voz alta:
votar que sí es siempre el más seguro remitente.


6.
La habitante ahora se oculta en la cueva horadada
por las salvajadas del viento contra la roca.
Al borde del torrente de luz que se despeña
en busca de ríos que recorren el fondo del mar,
ella tira las redes que la capturan a sí misma
y sólo su sombra se escurre por la galaxia.


8.
Para sus emboscadas, la habitante no se oculta
ni se mimetiza con los cielos ni tampoco se agazapa
tras las rocas arrojadas como dados al vacío:
no, "Dios no juega a los dados", ella concede,
y le basta con sentarse a solas en todas las orillas
y zurcir endechas de amor tejidas de espuma.


12.
La habitante sabe a qué antigua lluvia se debe
cada una de las estalactitas que orlan su cueva:
una queda y aberrante y niebla espesa
comienza a desgarrarse entre sus pechos,
cortezas maceradas en un mortero sin fondo,
pezones turgentes que, en su propio desafío,
añoran osados recuerdos libertarios.


17.
La habitante observa confundida las montañas
en la fosa abisal que, sin regreso, lleva al mar:
"gracias por tanta belleza", dice, pero no sabe
que sólo se trata de una humildad rudimentaria
y todo lo demás es nocturnidad y alevosía:
abandonada en los charcos por arcaicas mareas,
la lluvia huele a nostalgia de humanidad.


22.
Desde la cima del cometa ella observa
cómo los buitres reiteran la tragedia:
un sudario de trigo para los muertos de hambre
y turbios arroyos para los muertos de sed:
megaterios venidos a menos por abuso de grandeza 
rechinan con rabia sus propios engranajes,
mientras desconcertados, boquiabiertos,
barato se cotizan los pobres, regalados.


26.
En cuclillas, con su mortero entre los muslos,
a la espera de que cuajen las mieles del otoño,
la habitante macera las pócimas más ocres:
como si el tiempo encauzase en su savia
nervaduras por las cuales ronda ya la muerte.


31.
Se asoma a sí misma, se recorre por los bordes,
relame cicatrices ganadas en vencidas rebeliones:
más viento que ceniza, la brasa se enciende
y siembra chispazos de luz en la memoria.
Deseada por todas las ausencias, la habitante
ahora añora un planeta donde el amor se hacía.


33.
Ni ella imaginó tan nocturna desmesura,
ese viento que se pasea entre los árboles.
Todos los guerreros la desearon sin saberlo,
y desgajaron las cortezas hasta la tentación
de grabar un corazón a punta de cuchillo.


36.
La cola del cometa se extingue cuanto antes,
finísimo el fuego del horizonte que se apaga.
En fila, ante la fosa, algunos derrotados
alcanzan a mirar el cielo, deslumbrados
por un reguero de luz urgido por la noche:
nada más que nada es la misma eternidad
de los que van a morir y aún se sorprenden.

Se expande la estampida de un tiro de gracia
y la habitante se estremece: son las descargas.


39.
Olvidada en la cueva más cerrada, la habitante
descubre la criminal conjura de los camaradas:
educados, ancianos, eternos, los muertos
reposan en los intersticios al pie del murallón,
y el paso firme de los centinelas recuerda
que ni los mismos muertos podrán escapar.
El Churyúmov–Guerasimenko, cada 6,4 años,
se acerca a la Tierra sugestivamente puntual.


41.
Ella se sienta en una de las mesas de la vereda
y el saludo es un pájaro asustado entre sus manos.
Churyúmov y Guerasimenko, en cambio, sonríen
en un gesto sólo perceptible para esos hombres
que, con sus faldones largos, doblan la esquina
y se distribuyen en la calle según lo establecido.


42.
Nadie ha visto a la habitante del cometa,
excepto quienes la buscan hasta encontrarla:
al ponerse de pie para entregarse, es evidente
cuanta ferocidad nos acarreó el futuro.

Me echo a morir: no me despierten.



En: La habitante del cometa 67/P Churyúmov–Guerasimenko, Ediciones Lamás Médula, 2016.
Alberto Szpunberg (Buenos Aires, 1940). Foto y selección de textos: Jmp.